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Mi amigo tenía una viña

Con esta sencilla  frase nos habla de un Dios tan cercano que tiene amigos y se entretiene en cuidar con cariño y esmero a su viña plantada“en fértil collado».

La entrecavó, la descantó,
y plantó buenas cepas;
construyó en medio una atalaya
y cavó un lagar.

Y esperó que diese uvas, pero dio agrazones.

¿Qué más podía hacer por mi viña
que yo no lo haya hecho?

¿Por qué, esperando que diera uvas,
dio agrazones?

Es la queja, el lamento  de un Dios que tiene corazón. 

En el Evangelio se repite la misma imagen y la misma situación, pero aquí el lamento no va por el fallido fruto sino por la mala y egoísta gestión de los cuidadores. 

Esperó de ellos derecho,
y ahí tenéis: asesinatos;

esperó justicia,
y ahí tenéis lamentos

Las lecturas de hoy nos hablan de una viña cuidada con cariño y con esperanza. Es una imagen sencilla, pero muy cercana a nuestra vida.

Todos sabemos lo que significa cuidar algo o a alguien. Lo que conlleva de esfuerzo y dedicación, pero también de ilusión y expectativa. Y es posible que en alguna ocasión hayamos  gustado lo amargo de la decepción de no encontrar ni el agradecimiento ni el resultado que esperábamos.  El dueño de esta viña “esperaba que diese uvas, pero dio agrazones. Esperaba que sus criados guardasen y protegiesen lo que él tanto estimaba y tan celosamente había cuidado y encontró traición y muerte. 

Estos relatos con su moraleja son para nosotros; después de dos mil años siguen conservando su actualidad.  En el fondo, nos ponen delante unas preguntas muy humana:

El mensaje de Jesús toca el corazón de lo humano. Nos habla de justicia, de responsabilidad, de gratitud, de respeto, de fidelidad, de valores que cualquier persona, crea o no crea, puede reconocer como necesarios para vivir con madurez y para construir una convivencia más sana.

El mensaje de Jesús  añade una luz especial: nos recuerda que la vida no es solo una conquista personal, sino un don recibido. Y lo que recibimos —la vida, las personas, la fe, la tierra, el tiempo, las capacidades— no está hecho para guardarlo egoístamente, sino para ponerlo al servicio del bien.

La viña del Señor no es un espacio para dominar, sino para cuidar y hacer fecundo.

Podemos preguntarnos qué frutos produce nuestra manera de vivir.

Preguntarnos si  vivimos no como dueños de la viña, sino como cuidadores responsables. 

 Y que nuestra vida, desde la fe o desde una búsqueda sincera del bien, contribuya a hacer este mundo un poco más humano, más fraterno y más habitable para todos.

Sor Áurea Sanjuán Miró, op

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