La semana pasada se reunieron en Madrid casi todas las prioras de los Monasterios dominicos de España que estamos agrupados en cuatro federaciones.
A esta hermana que hoy escribe, cuando todavía no había entrado en al Orden, le costaba entender qué era eso de una Federación y hasta qué punto podía condicionar o influir en el desarrollo concreto de la vocación de monja dominica, que es lo que habitualmente nos define y lo que nos preocupa cuando vamos a ingresar a un monasterio. Los años pasados, la experiencia –corta o larga, la vida−, y las circunstancias me han ido enseñando valiosos aprendizajes que hoy quisiera compartir.
Más allá del afecto, la cercanía y la fraternidad que aportan la historia común y las lógicas afinidades dentro de una Federación, hoy quisiera compartir la cercanía, fraternidad y comunión que se da más allá de esta estructura de comunión aprobada y bendecida por la Iglesia, y que tantos frutos ha dado a lo largo de estos más de 50 años.

Para mis hermanas más mayores, aquellas que vieron nacer y que impulsaron la creación de las Federaciones, quizá cueste entender la perspectiva desde la que escribo, que es la de una generación que ha ingresado en la vida religiosa cuando los números, las fuerzas y las seguridades iban en caída. Pertenezco, además, a una sociedad globalizada en la que, sin salir de mi familia más cercana, somos 8 hermanos con dos nacionalidades y emigrantes en cuatro países y dos continentes; con cuñadas de otras cuatro naciones y sobrinos nacidos en siete países distintos. Para alguien así, lo que nos distingue no tiene ni punto de comparación con lo que nos une.
Debo reconocer que fueron las circunstancias de precariedad las que me obligaron a salir varias veces de mi mundo conocido, del territorio propio en el que me sentía a gusto y protegida; y me han llevado en más de una ocasión a renunciar a la mentalidad del “lo mío siempre lo mejor”. Dios se ha ido sirviendo de la necesidad para hacerme descubrir algo inmensamente valioso; algo que no cambiaría por nada y que, precisamente por el tesoro que me ha concedido descubrir, pienso que ¡bendita debilidad que nos revela lo mejor de nuestra vocación compartida!
A lo largo de estos 14 años en la Orden de Predicadores he podido participar de cursos y encuentros organizados para las tres federaciones de monjas dominicas en España. Pero también he tenido la suerte de vivir o pasar algunos días o meses, por unas cosas u otras, en varios monasterios de dos federaciones distintas. Además, he tenido la inmensa suerte de convivir en Caleruega con hermanas dominicas de monasterios de Kenya, Perú o México, entre otros. Y lo que me he encontrado han sido hermanas con las que, muy por encima de diferencias, a veces de aspecto –modelos de toca, velo, largos de hábito, sandalias o zapatos−, o de cultura, formación o idioma; comparto una vocación común enraizada en el mismo cimiento que es Cristo y con los mismos pilares, que son los de: Oración, Estudio, Vida Fraterna, Contemplación/Predicación.
En estas experiencias, he ido descubriendo que lo importante no es el cómo se hagan las cosas, sino el por qué. Y en la medida en que ese por qué es el mismo que nos mueve a todas, en esa misma medida una se vuelve más flexible para adaptarse al cómo. Porque el lugar condiciona, y todo lo que conlleva también: el clima, las horas de sol, la lluvia; la cultura, el idioma; la situación del monasterio, si es campo o ciudad; incluso el mismo edificio marca pautas: si hay escaleras y hermanas mayores; si es pequeño o muy grande; todo ello sin mencionar que cada hermana es cada una con sus cadaunadas. Pero todo ello será evangélicamente integrable en la vocación de monja dominica mientras se compartan las motivaciones –Dios nos ha llamado y queremos responder− y los mismos fines: la predicación para la salvación de las almas.

Por el contrario, por mucha afinidad e incluso amistad que se pueda dar entre dos o más hermanas, o entre comunidades de una misma federación por su sentido de pertenencia; por mucha comodidad o practicidad que presenten nuestros edificios o excelente organización que pueda; por muchas circunstancias favorables que puedan darse, cuando hay que tomar una decisión y no coincidimos en esos cimientos compartidos ni compartimos la misma meta evangélica, todo puede saltar por los aires. Porque los motivos humanos son válidos, pero no determinantes; son poderosos, pero no indestructibles.
En cambio, la lógica del Evangelio, la vida cimentada en Cristo, la aspiración hacia los bienes del Cielo son los valores del Reino que, como pequeñas semillas, germinan en cada dominica. Después crecen y se desarrollan según las circunstancias de cada una, pero conservan esa común identidad que posibilita que, incluso en situaciones muy diversas, en contextos variados e incluso con aspectos diferentes, nos reconozcamos como hermanas, hijas de Domingo de Guzmán, monjas de la Orden de Predicadores.
Sor Teresa Cadarso, OP
