No se trata aquí de uno de esos eufemismos con los que anunciamos que alguien ha muerto. Se trata de sintetizar lo que el Evangelio de hoy propone.
Estamos en un contexto de Misión. Jesús necesita obreros para la construcción del Reino que anuncia. Un Reino que es para todos, en el que todos somos necesarios y todos somos llamados a trabajar en él; todos valen, pero no todo vale.
La empresa de Jesús tiene sus condiciones y sus directrices; ajustarse a ellas es imprescindible. En este discurso ya están expresadas clara y concisamente, pero el lenguaje está muy lejos del nuestro, lo que nos lleva a malinterpretarlas. Pues lo que parece un listado de exigencias imposibles por radicales y duras, resulta ser un catálogo de prioridades que enriquecen al ser humano al mostrárselas limpias y claras, sin aditamentos extraños que emponzoñan y ocultan aquellas cualidades que constituyen su auténtica y original humanidad; optar por estas es vivir y pasar a una vida mejor.
El que quiera seguir este camino no tiene que huir del mundo, sino adentrarse en él; no tiene que menospreciar ni alejarse de los valores que la sociedad ofrece, sino discernir, cotejar, valorar y elegir.

No se trata de exigencias duras y deshumanizadoras, de renuncias que empobrecen. En realidad, el Evangelio no propone perder lo humano, sino elegir aquello que lo lleva a su verdad más profunda. La opción por Cristo no anula la vida, los afectos ni la libertad; más bien abre la posibilidad de escoger un bien mayor, una forma de existencia más libre, más plena y más auténticamente humana. En definitiva, un mejor vivir.
Las expresiones que sentimos como inasumibles o directamente rechazables son debidas a las condiciones y estilo de la lengua semita. Las traducciones más recientes matizan, suavizan y nos acercan el mensaje. La referencia a la familia nos indica que ni siquiera ella ha de entorpecer nuestra adhesión al seguimiento, pero de ninguna manera nos pide menoscabar nuestro amor hacia ella.
Cargar con la Cruz no es buscar el sufrimiento por el sufrimiento, sino aceptar aquellas contrariedades que en el camino del seguimiento nos van saliendo al paso. La enfermedad, el dolor, los disgustos y las dificultades no dejan de ser negatividades, pero que, asumidas con fidelidad y con naturalidad, como propias del mismo proceso del vivir, adquieren sentido y valoración, además de ayudarnos a que ese vivir sea mejor.
Afanarse por conservar la vida nos llevará a perderla. Esta es una de las paradojas más importantes de los textos evangélicos. El empeño desmesurado por protegerla nos adentrará en una espiral de egoísmo que le hará perder su sentido más profundo, mientras que quien se desvive por los demás, quien la entrega, descubrirá su verdadera plenitud.

Al llegar a este punto en nuestra reflexión nos encontramos con una grata sorpresa: el tono ha cambiado y, con él, nuestra percepción. Del clima de radicales y un tanto exasperantes exigencias, se ha pasado al de la cordialidad y la fraternidad, donde la acogida y la hospitalidad se convierten en un acoger y hospedar a Jesús, donde ofrecer un simple vaso de agua fresca tiene su recompensa.
Enrolarse en la Misión de Jesús, seguir sus directrices… ¿no es dar el paso a una mejor vida?
Sor Áurea Sanjuan Miró, op


