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¿Un banquete de bodas o una jaula?

Parece extravagante comenzar este comentario al evangelio del domingo con la imagen metafórica de una jaula. Las jaulas se utilizan para privar de libertad a los animales atrapados. Existen las jaulas solo para mantenerlos en ellas y las jaulas para atraerlos engañosamente con alimentos u otros productos atractivos. 

Las doncellas del evangelio están clasificadas en necias y sensatas. Unas tomaron aceite de reserva, las sensatas y otras, las   necias se olvidaron de llevarlo. A veces los acontecimientos de la vida, las situaciones personales, los desafíos ambientales pueden convertirse para nosotros en jaulas “trampa” en las cuales encontramos lámparas baratas con combustible adulterado que nos transforman en seres humanos de felicidad caduca. A las necias se les acabó el aceite porque su felicidad estaba afianzada en el protagonismo de la efímero. En este pleno siglo XXI los seres humanos vivimos el desenfreno del tiempo, la prisa y lo relativo hacen del día un estándar de baratijas que dejan el alma vacía y olvidamos la plenitud del ser en el instante presente que se proyecta a la eternidad. Se nos acaba el aceite de la felicidad porque nuestras pobres fidelidades están adormecidas por tanta información basura que nos desdibuja la realidad y hace de nuestras vidas un “ir tirando”.

El aceite que ilumina y no acaba es el que se fundamenta en Dios, que nos ayuda a caminar con la humanidad al unísono con la Bondad, la Verdad y la belleza de Dios.

Es fácil caer en la trampa de la jaula porque lo superficial y pasajero adormece la conciencia y nos impide buscar en el fondo del corazón el aceite que no se consume y descubrir que al único banquete al que estamos invitados es el corazón del Padre en el cual que nos introduce Cristo, también desde el corazón de los hermanos. No existe banquete de bodas, es decir no puede prevalecer el amor sin la entrega al hermano/a y la búsqueda de su rostro en los descartados de las naciones. Hay que adentrarse en lo profundo del ser y desde la oración y el silencio percibir su presencia. 

Romper la jaula no es fácil, pero es posible desde el deseo sincero de caminar siendo fieles a quien nos llama y nos espera cada día. Ahí en el día a día vivido con amor, el aceite de la lámpara de la vida vuelve a mantener la llama encendida esperando llegar al corazón de Dios. El banquete de bodas es la fiesta de quienes esperan contra toda esperanza, de quienes aman la vida y descubren en ella la Belleza del mismo Dios.  Que en nuestras lámparas brille siempre la llama de la verdad, de la sinceridad, de la honestidad, en una palabra, que brille siempre la llama del AMOR.  

Sor María Ángeles Martínez, OP

Monasterio de Santo Domingo (Zaragoza)

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