Importante y adinerado, también con una gran ilusión, está enfrascado, absorto, preparando listas. Primero la de los familiares, que no se le olvide ninguno; después los amigos, los allegados; la gente principal del pueblo, esa familia que presume de clase alta, aunque, la verdad, parece que no tienen ni para comer, no le caen muy bien pero su presencia aporta lujo y prestigio y eso es precisamente lo que busca para la boda de su hijo.
Es la escena que nos sugieren las lecturas de este domingo. Un hombre que, con ilusión y minuciosidad, prepara la fiesta con la que quiere manifestar el amor que siente por su hijo.
Una vez más, Jesús, recurre a una experiencia humana para mostrarnos el verdadero rostro divino, aquel del que somos imagen y semejanza y que anida en lo hondo de nuestro ser. Y una vez más, utiliza una experiencia también profundamente humana, la alegría que se vive al preparar o participar en un banquete. Porque Dios no nos invita a una carga más, sino a una fiesta y quien acepta su invitación descubre, como tantas veces ocurre en el Evangelio, que la vida puede ser mejor,
En la parábola queda clara una de las características más reconfortantes del Dios de Jesús: su deseo de compartir la alegría.
Sin embargo, el desarrollo de la parábola parece desconcertante. Los invitados rechazan la invitación. Unos porque tienen negocios que atender, otros porque están ocupados en sus campos. Nada de ello es malo en sí mismo. Trabajar, cuidar las propias responsabilidades y atender los asuntos cotidianos forman parte de la vida. Precisamente por eso el Evangelio resulta tan actual.
El problema no está en los campos ni en los negocios. El problema aparece cuando las ocupaciones terminan ocupándolo todo.
Cuando vivimos tan pendientes de hacer cosas, que olvidamos simplemente vivir.
La invitación al banquete representa todas aquellas ocasiones en las que Dios sale a nuestro encuentro por medio de una lectura, una experiencia de dolor, una amistad sincera o una llamada interior que nos invita a mirar más allá de nosotros mismos. Son oportunidades para entrar en una existencia más amplia y más profunda.
La sorpresa llega cuando la sala del banquete termina llenándose con personas encontradas en los caminos. Buenos y malos, importantes y desconocidos. Nadie queda excluido. El Reino no es un privilegio reservado para unos pocos escogidos. Es una puerta abierta para todos.
Lo único necesario es aceptar la invitación.
La referencia al traje de fiesta puede parecernos dura. Sin embargo, no se trata de una cuestión de apariencias ni de méritos. El Evangelio nos recuerda que entrar en la dinámica del Reino implica una disposición interior. Hay que dejarse transformar. No basta con estar presentes; es preciso participar. No basta con ocupar un lugar; es necesario abrir el corazón.
Al final, la parábola nos invita a preguntarnos cuáles son nuestros campos y nuestros negocios. Aquello que absorbe nuestras mejores energías y nos impide escuchar otras llamadas más profundas. Quizá descubramos que Dios sigue invitándonos cada día a su fiesta y que, sin darnos cuenta, seguimos aplazando la respuesta.

Pero la buena noticia permanece. El banquete continúa preparado. La invitación sigue vigente. Y siempre queda sitio para quien decide levantarse del camino y entrar.
Porque el Reino que Jesús anuncia no disminuye nuestra humanidad ni nos aparta de la vida. Al contrario, nos ayuda a vivirla con más hondura, más libertad y más alegría.
¿No será esta, también hoy, una invitación a vivir mejor?
Sor Áurea Sanjuán, op