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Homilía para el Domingo XXI del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

“Y tú, ¿quién dices que soy yo?”

El Evangelio de este domingo nos regala una escena de una pedagogía admirable. Jesús no comienza preguntando directamente a los discípulos quién es Él. Primero les pregunta: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Y ellos responden con lo que han oído: unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. Son respuestas de oídas. Hablan de Jesús desde fuera, desde lo que otros piensan, desde la opinión general.

Jesús escucha. No corrige de inmediato. Es un maestro paciente. Sabe que necesitamos partir de lo que oímos, de lo que nos han contado, de la tradición recibida. Pero también sabe que eso no basta. Porque se puede hablar mucho de una persona sin haber dialogado nunca con ella. Se puede repetir lo que dicen los libros, los sacerdotes, las redes, incluso lo que dice la Iglesia, y sin embargo no conocer a Cristo personalmente.

Entonces Jesús da el paso decisivo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Ya no pregunta por la gente, ni por los teólogos, ni por las encuestas. Pregunta por vosotros. Y cada uno tiene que responder desde su propia historia, desde su propio encuentro, desde su propia fe, desde su propia herida existencial. La pregunta por la identidad de Cristo no puede responderse por delegación. No basta decir: “La Iglesia dice que es el Hijo de Dios”. No es lo mismo saber de oídas que conocer cara a cara. 

Esta pedagogía del Señor, también nos enseña a nosotros a replantearnos nuestros modos de relación y conocimiento con las demás personas, con el mundo y con lo que sucede. ¿Nos dejaremos llevar por la primera impresión de oídas recibida para juzgar al hermano? ¿Valoraremos el mundo y su devenir sólo desde la perspectiva de una ideología o mirada estrecha?

Un ejemplo del proceso de conocimiento al que nos lleva Jesucristo lo encontramos en el relato de Job, que después de un largo camino de sufrimiento y búsqueda, pudo decir: «Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos». Ese es el paso que Jesús quiere dar con sus discípulos, con cada uno de nosotros. A ese paso solo se llega por la relación directa y personal, por la oración como forma de la relación y diálogo entre las partes. Finalmente se llega por la contemplación.

Sin embargo, dar una respuesta puntual no va a ser el final del camino. ¡Veamos! 

Pedro responde: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Es una confesión personal, íntima, honda. Pero Jesús le recuerda que esa respuesta no nace de su inteligencia ni de su esfuerzo: «No te ha revelado eso la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo». La fe es un don. Hay que aceptar el misterio de la fe. El conocimiento personal de Cristo es una gracia que el Padre concede a los que se abren a su amor. Nadie puede decir “Jesús es el Señor” si no es movido por el Espíritu, afirmará san Pablo en sus cartas. 

Esa respuesta personal tiene consecuencias. A Pedro, Cristo le dice: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». La Iglesia no se construye sobre opiniones de segunda mano, sino sobre hombres y mujeres que han encontrado personalmente al Señor y ponen su vida al servicio. 

En la segunda lectura San Pablo, después de haber encontrado a Cristo en el camino de Damasco, no se queda en teorías. Su carta de hoy es un estallido de alabanza: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!… De él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén». Esa doxología no es de oídas. Es el canto de quien ha sido alcanzado personalmente por la misericordia.

Por eso Jesús te pregunta a ti: “Y tú, ¿quién dices que soy yo?”.

En nuestra vida contemplativa y en la vida de los creyentes a veces la propia rutina puede convertirse en una forma de hablar de oídas. Por ello es esencial que vivamos la vida (especialmente la vida consagrada) como escuela del diálogo personal con Cristo.

No hallo mejor colofón y resumen del camino para dar respuesta a Cristo que aquellas palabras de fray Juan de la Cruz: Olvido de lo criado, memoria del Creador y estarse amando en el Amado.

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