Esta solemnidad, de la Asunción de la Virgen María a los cielos, me hace recordar el título del himno que tantas veces cantamos durante la visita del Papa León a España:
“Alza la mirada”
Si hoy fijamos la mirada del corazón en el misterio que nos propone la liturgia, y nos dejamos arrastrar por la fuerza de nuestra fe, contemplaremos el fin para el que hemos sido creados: ¡compartir la misma gloria de Dios!
Todos tenemos la experiencia que maravillosamente nos dejó plasmada San Agustín en sus célebre frase: “mi corazón está inquieto hasta que no descanse en ti”. Tu corazón y el mío, caminan entre los gozos y las vicisitudes del mundo y de la vida personal.
Hoy es un día para recordar que el Señor nos dijo: “ánimo, yo he vencido al mundo”, pues la fuerza de su resurrección le hizo ascender al cielo y esta misma fuerza llevó junto así a su madre para tensar nuestra esperanza hacia esa misma gloria.
Él nos lo había dicho: “subiré y os prepararé un sitio para que donde yo estoy estén también ustedes”. La Virgen María ya está en su sitio como Reina y Señora de todo lo creado, a nosotros nos toca peregrinar hacia ese sitio preparado, tierna y amorosamente, para cada uno. Alzando la mirada, teniendo los ojos fijos en Jesús caudillo y consumador de nuestra fe, procuremos que ninguna acontecimiento por más dichoso o duro y sufriente que sea, nos haga bajar la mirada del fin para el que hemos sido creados.
Ella, que ascendió a los cielos en cuerpo y alma por la virtud de su Hijo, es la que permanece allí intercediendo por cada uno de nosotros y nuestras circunstancias, apoyados en esta oración maternal e incesante, vivamos cada momento tendiendo hacia nuestro fin. No estamos solos, Jesús y María permanecen con nosotros aunque no los veamos; están presentes en nuestra vida y son nuestro mayor y más buen apoyo para llegar a la meta. No cesemos de dar gracias a Dios por estas presencias ocultas, pero reales; dejémosle, en la fe la esperanza y el amor, que anuden nuestras manos a las suyas para poder transitar el día a día con la esperanza viva de la gloria.
Sor María Luisa, OP
