Sus discípulos lo saben, al Maestro le preocupa su bienestar, constantemente les repite: “la paz os dejo, la paz os doy” y es frecuente su advertencia: “no tengáis miedo”. No los quiere inquietos.
Sabe que esa emoción, la del miedo, por humana que sea, influye en la manera de pensar, de sentir y de actuar. Puede dejarnos callados cuando deberíamos hablar, retroceder cuando podríamos avanzar, no tomar decisiones importantes por temor al fracaso o al dolor.
Nuestra imaginación, esa “loca de la casa” al decir de Santa Teresa, pude distorsionar la realidad, haciéndonos ver riesgo y amenaza donde no los hay o enfrentarnos a peligros que solo existen en nuestra fantasía. Nos angustiamos ante posibles desgracias que nunca sucederán. Nuestra imaginación fabrica miedo.

Jesús insiste concretando: “No tengáis miedo a los hombres”
¿Qué podrá hacerme un hombre?
No temas a quien solo puede matar tu cuerpo o herirte en tu reputación. Te digo que no hay nada tan oculto que no llegue a saberse. Que la verdad siempre se abre paso y nos hace libres. Teme más bien a quien puede aniquilar tu alma apartándote de la misión. Entorpecerte en mi seguimiento.
Lo que os revelo al oído gritarlo desde las terrazas. No os avergoncéis de ser de los míos.
No tengas miedo. Confía. Si mi Padre cuida hasta de los gorriones ¿Cómo no va a cuidar de ti que vales mucho más que esos pajaritos?
Sor Áurea Sanjuan Miró, OP
