Ser madre es acoger la vida,
dejarse transformar por ella,
acompañarla en su crecimiento,
dar a luz;
y seguir ayudando a crecer
hasta que el engendrado llegue a la plenitud.
La Virgen María comenzó a dar a luz al Cuerpo Místico de su Hijo Jesús al pie de la cruz, cuando Él le dijo: “he ahí a tu hijo”. Lo maravilloso de su maternidad para con nosotros es que nunca se desentiende de cada una de nuestras vidas, de cada instante de ellas. Tal vez nosotros con nuestras prisas, olvidos, focalizaciones, en temas menores o mayores, podamos olvidarnos que tenemos una madre en el cielo, pero ella nunca se olvida de cada uno y sigue intercediendo para que lleguemos a la plenitud de la medida en Cristo. Es decir, para que Cristo se encarne en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestras actitudes.
Sor María Luisa Navarro Ramos, op
