Basta con preguntarme: No es la “prueba del 9” ni otra semejante, es la prueba que el propio Jesús impone para comprobar y calibrar si es efectivamente amor o una rutina más incluida en nuestros rezos cuando decimos que le amamos.
“Guardo sus mandamientos?”
Si la respuesta es afirmativa, la calidad de mi amor está comprobada. Viene a ser aquello de “obras son amores y no buenas razones”, Jesús lo pone claro: “Si me amáis, cumpliréis mis mandamientos”, es decir, que Él acepta ese cumplimiento como amor, pero que si no cumplo no existe ese amor que afirmo tener.
“Qué mandatos debo observar?”
Y tenemos otra contundente respuesta:
“Esto os mando, que os améis unos a otros como yo os he amado”
Y es que Jesús simplifica la multitud de mandatos que tenía la Torá reduciéndolos a dos que en realidad son uno: Amar a Dios y al hermano. Pero como Dios se identifica con éste, resulta aquello del mismo evangelista Juan:

“Quien dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso”
La conclusión es redonda.
Amar a Dios es incompatible con el odio o simplemente con el menosprecio al prójimo.
Aquí tropezamos con nuestra impotencia, no podemos hacer que a fuerza de mandatos y exigencias brote el amor hacia aquel que, cuanto menos, nos cae mal o nos resulta indiferente. No es posible porque lo concebimos como un sentimiento y una atracción. El amor que pide Jesús no es eso, él no exige imposibles y su yugo siempre es suave y su carga es ligera.
Lo que pide es bien sencillo y fácil de comprender:
“Trata al otro como quieres ser tratado tú”
Aprender esto como un mantra facilitará la tarea. Por lo pronto como ayuda incondicional y permanente, promete enviarnos al Espíritu Santo, el cual, desde dentro, habitando en lo hondo de muestro ser nos “lo enseñará todo. No, no nos dejará huérfanos, es decir, no nos dejará indefensos. En aquel tiempo un buen fan era aquel que podía ser agredido impunemente porque no tenía a nadie que velase por él, no tenía defensor, no tenía amparo ni cobijo. Nosotros sí lo tenemos, tenemos la promesa de Jesús, dentro de poco, dentro de unos días, estará aquí, con nosotros, Aquel que nos ampara y defiende. Abramos la boca que nos la llenará, extendamos los brazos y nos cobijará. Nuestro ser será su morada, la morada del Padre, del Hijo y del Espíritu. Esa será nuestra fortaleza.
Sor Áurea Sanjuan Miró, OP
