2º DOMINGO DE ADVIENTO – CICLO B. PREDICAR EN EL DESIERTO

Predicar en despoblado es una de las tareas más inútiles de las que se puedan realizar, sin embargo aquel hombre tan extraño abandonó su sociedad y su sinagoga y se estableció en el desierto haciendo de él su hábitat y lo más sorprendente, su altavoz. Desde ese descampado consiguió que su voz se escuchara en las ciudades, mejor aún, en los corazones.

Y es que Juan, “el mayor de los nacidos de mujer no es «una caña sacudida por el viento». «Es más que profeta». Porque

«éste es de quien está escrito:
    He aquí, que yo envío mi mensajero delante de ti

a preparar tu camino»

Mientras Jesús elogia así a Juan, escuchamos a este decir:

«Detrás de mí viene el que es más que yo, y

yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias»

Y es que Juan el Bautista es un verdadero y auténtico profeta. Un profeta no es un vaticinador, no es un adivino, es un testigo. Su papel: testimoniar la bondad y la misericordia de aquel a quien conoce bien, comunicar y contagiar la buena noticia que es Jesús. Gritar a todas las mujeres y a todos los hombres que Él ya está aquí y viene, y que es preciso allanar el camino, desbrozar el sendero, rechazar las bagatelas, esas insignificantes piedras que entorpecen el caminar, quitar los obstáculos, pequeños o grandes, de nuestro propio corazón. Invitar a bautizarnos con ese bautismo de agua que es el de la conversión y que nos prepara para el bautismo en Espíritu y fuego.

Eso es Juan, y eso necesitamos hoy, testigos, profetas que como él trasciendan su propio ombligo, desechen su propio espejo y solamente se contemplen en el de Jesús.

Así es el verdadero y auténtico profeta. Aunque su voz sea monótona y baja, se hará oír por el testimonio de sus obras, de su verdad y coherencia y se hará visible aunque esté oculto en su cuarto, «orando al Padre que ve en lo secreto».

Porque quien ora, más pronto que tarde, acabará siendo testigo y anunciador de la gracia de Dios. Le dolerá el dolor de los más pobres, dará pan al hambriento, su capa y su túnica al desnudo y agua al sediento.

Podemos sospechar de una vida encerrada en sí misma sin trascender hacia los demás. Sospechoso también el pretendido profeta incapaz de orar, su voz y su anuncio serán pura charlatanería.

Hoy más que nunca necesitamos profetas que como Juan el Bautista prediquen desde el desierto, desde la oración y el silencio desde su autenticidad y coherencia.

Sor Áurea Sanjuán, op

 

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