Dicen que un día Domingo y Francisco se abrazaron. Quizá aquel abrazo siga hablando todavía.
Porque hay abrazos que no terminan cuando los brazos se separan. Abrazar la vida, abrazarla entera: la luz y la herida, la certeza y la noche, la alegría y el misterio. Abrazar la fe, también cuando apenas queda una pequeña llama y solamente podemos decir: «Señor, aquí estoy».Abrazar a los demás, hasta que ningún rostro nos sea extraño y ningún dolor nos resulte indiferente.
Ese es también el misterio de una vida contemplativa.
Una monja dominica es una mujer que permanece ante Dios con el corazón abierto al mundo. Un corazón ensanchado donde caben todos los nombres. Los nombres de quienes amamos. Los de quienes no conocemos. Los que lloran. Los que esperan. Los que han perdido la fe. Los que buscan. Los que sufren en silencio. Los que nadie recuerda. Todos.
Porque cuando una contemplativa reza, el mundo entra en su oración. Cuando adora, abraza. Cuando guarda silencio, escucha. Cuando intercede, ama. Y quizá la intercesión sea esto: llevar ante Dios a quienes no pueden llegar solos.Por eso nuestros claustros no son corazones cerrados. Son corazones abiertos a la humanidad entera.
En esta solemnidad de Nuestro Padre Santo Domingo damos gracias por el don de la contemplación y pedimos aprender de nuestro Padre a tener un corazón cada vez más grande. Un corazón donde quepan todos.
Que nuestras vidas sean un abrazo silencioso de Dios al mundo. Y que, al llegar un día ante Él, podamos descubrir que en nuestra oración no faltó ningún nombre.
Feliz fiesta de nuestro Padre Santo Domingo.
