La mejor parcela. La mejor y más mullida tierra. El regadío preparado será su mejor y más cuidado cultivo; para él selecciona la mejor de las semillas. Todo hace prever la mejor de las cosechas, pero la aparición de los primeros brotes desata las alarmas. Junto a los buenos surgen los de la mala hierba, esa cizaña capaz de arruinar toda previsión.
Un relato de hace 2000 años pleno de actualidad: el bien y el mal conviviendo en la sociedad a lo largo de toda la historia. Al igual que aquellos criados, queremos arrancar de manera drástica el mal, pero el Dueño nos detiene; en su Reino las cosas no funcionan así. Al querer extirpar lo malo podríamos dañar lo bueno y, por otra parte, no es buscando culpables como se destruye lo malo. Más bien la pregunta es: ¿Qué clase de semilla soy? ¿Qué tipo de semilla esparzo a mi alrededor?
A todos se nos ha dotado de una semilla buena que debemos cuidar. Es así, haciendo fructificar lo bueno, como conseguiremos ahogar la mala hierba. No se trata de señalar con el dedo lo negativo que veo en los demás, sino de descubrir lo positivo que hay en ellos, y cultivar y hacer crecer lo bueno que hay en mí. Es así como lograremos la mejor de las cosechas.
Transformar el mundo y mejorar nuestro círculo no es posible si comenzamos queriendo que el otro arranque la cizaña de su campo, y peor si soy yo quien invade su terreno armada de desbrozadoras y matahierbas. La parábola viene a decirnos que el mal nunca tiene la última palabra, que es preciso armarse de paciencia y respetar en cada uno su tiempo de maduración.
Porque transformar el mundo no comienza arrancando la cizaña de los demás, sino cultivando el mejor trigo que han puesto en nuestras manos, lo que significa apostar por todo aquello que favorece la convivencia humana.

La parábola nos invita a fijarnos menos en la cizaña de los demás y más en los frutos que estamos produciendo nosotros. Los frutos que vale la pena buscar son aquellos que mejoran nuestra vida y la de quienes nos rodean: amor, paciencia, bondad, perdón, paz interior, esperanza y generosidad. Aunque sea en pequeñas cosas, el trigo está creciendo.
Los frutos que debemos buscar no son el éxito, el reconocimiento o el poder, sino aquellas virtudes que hacen más humana la convivencia. Cuando estos frutos crecen en nosotros, contribuimos a que nuestra familia, nuestra comunidad y nuestra sociedad se conviertan en un campo donde el trigo tenga más fuerza que la cizaña y que, al fin, el Reino sea una realidad para disfrutar.
Sor Áurea Sanjuan Miró,OP
