La liturgia de la palabra de la Eucaristía de hoy nos propone textos que nos refieren a Cristo, el primero profetiza que el Mesías nacería en Belén y el Evangelio nos presenta la genealogía de Jesús y la gran figura de San José a quién se le revela que María ha concebido por obra del Espíritu Santo.
Cabe preguntarnos ¿por qué los textos se centran en Jesús, mientras estamos celebrando la Natividad de la Virgen María?
Imaginemos que en nuestro cumpleaños se habla del nacimiento de mi mamá, en vez de centrar la atención en la celebración del don de mi vida. Lo que pasa, es que la liturgia quiere explicitarnos que el nacimiento de la Virgen María está en orden al nacimiento de Cristo; es más, que María fue pensada por Dios para ser la mamá de Jesús y para que, por medio de ella, todo lo creado sea redimido en su Hijo Jesucristo, el Dios con nosotros.

Salvando las distancias, en cuanto a misión y en cuanto a plenitud de gracia, nuestra vida tampoco tiene sentido si no está referida a Cristo en todos los momentos de nuestra jornada. Su presencia y la virtud que cada uno de los misterios que él vivió en nuestra tierra, son los que nos dan la fuerza para vivirlos y sentido para ir superando cada momento y tendiendo hacia el fin que perseguimos.
Qué el nacimiento de la Virgen avive nuestra esperanza y su intercesión haga renacer la presencia de su Hijo en nuestro corazón. Él nos prometió estar con nosotros hasta el fin de los tiempos; que la Virgen nos ayude a ser conscientes de este gran don y nos enseñe a cultivar la amistad con él, de tal forma que cada día sea algo así como un nacimiento a una dimensión nueva en la relación con él.
Solo dejando que su vida vivifique nuestra pequeña vida, podemos llegar amar a Dios con todo el corazón, con todas las fuerzas con toda el alma y al prójimo como a nosotros mismos.
¡Y que, por medio de la oración materna de María, nazca en aquellos que aún no le conocen, el deseo de acercarse a Jesucristo!
Sor María Luisa Navarro Ramos, op
