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La vida no se acaba se transforma

El día 22 de noviembre de 2025, la comunidad como todos los sábados nos reunimos para comentar el evangelio del domingo, esa semana la liturgia nos proponía el capítulo 23 de san Lucas con los versículos sobre la muerte de Cristo en la cruz, entre los dos malhechores. Con tono decidido y voz muy clara, una de nuestras hermanas, sor María Nieves, nos compartió el eco que a ella le produjo estás palabras del evangelio anteriormente leído y meditado: “hoy estarás conmigo en el paraíso”, son las palabras que Jesús le dirige al ladrón crucificado a la derecha de donde estaba crucificado el Señor. Con sencillez, pero con precisión ella nos dijo como le gustaría escuchar esas palabras cuando el Señor la llamase a su presencia. Nos impresionó escuchar el énfasis que puso en este comentario porque todas éramos conscientes del estado terminal en el cual se encontraba  su salud, aunque en ningún momento ni el día de su partida a la casa del Padre, manifestó tristeza, ni dolor, ni tan siquiera un comentario de nostalgia, creemos que en el fondo de su corazón sor María Nieves vivía el gozo de la espera, la espera de volver a la casa, a su Casa para siempre, así lo pudimos comprobar unas semanas más tarde, cuando reunidas nuevamente para compartir la Palabra, nos hizo participes de la alegría que rezuma el salmo 122: “qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor”, era el versículo del salmo que ese día resonaba en su corazón y así nos lo compartió- 

Esta reflexión no es una necrología ni una nota comunitaria sobre la partida de una hermana, han partido después de ella tres hermanas más al encuentro con el Señor, pero si, haciéndonos eco de sus vidas y actitud frente a la muerte compartir el sentido de resurrección que se afronta cuando esta (la muerte) nos visita. Así, la muerte, sin miedo y sin quitarle el peso fuerte que encierra franquear esta última soledad, sin dramatismos, pero conscientes de que este paso definitivo es un camino abierto a la esperanza de la resurrección. 

Un trayecto que no forma parte del último instante de la vida,  cuando comenzamos nuestra existencia terrena, en lo profundo del corazón estaba escrito el camino hacia la casa del Padre, como un camino en el cual, a lo largo de la vida y al pasar de los días y los años Dios nos ha ido configurando para atraernos hacia si en ese itinerario terreno que no hemos recorrido solos, por eso la existencia humana no es un hecho aislado de la creación sino un eslabón necesario, único e irrepetible con la imagen y semejanza de Dios grabada en el alma. 

Cuando la inconsciencia del DON nos lleva solo a ser moradores/as cronológicas del tiempo la muerte es el trauma del instante final. De ahí que la fe sea la luz más firme que nos ilumina ese camino por el que nos precedió Cristo. El Papa Francisco afirmó que “la resurrección de Cristo es una fuerza de vida que ha penetrado el mundo y es imparable”. (homilía de la Vigilia Pascual el 28 de marzo de 2016), porque Cristo venció a la muerte y destruyó el pecado. La certeza de esta afirmación la podemos confirmar desde nuestra propia experiencia de fragilidad, los años dejan huella, nuestro ser se deteriora, pero esa fuerza imparable de Cristo Resucitado es el sello vital desde que comenzamos a ser en el seno materno, la vida que brota en ese óvulo fecundado es fruto de la “fuerza de vida”, que es la vida de Cristo resucitado por el Padre, “porque todo fue creado por El y para El” (Col 1,16). En esa vida que se inicia está impreso el “código de eternidad”, que hará de todos los seres humanos estemos vinculados con Dios y entre nosotros. La belleza de Dios está impresa en nuestra esencia, cada ser humano es una evidencia de que la muerte fue vencida por la Vida, por eso “la vida no se acaba se transforma” (Prefacio I de Difuntos en la Oración Eucarística de la Misa).

Monasterio de Santo Domingo – Zaragoza    

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