Este tiempo de Pascua estamos cantando muchas veces:
“Venid a ver las obras de Dios” …
“Recordad las maravillas que hizo el Señor” …
“Os contaré lo que ha hecho conmigo”…
Y la Iglesia continúa proclamando con alegría que Cristo ha vencido la muerte y que la vida nueva ya ha comenzado entre nosotros. La Pascua no nos aleja del dolor humano ni de la fragilidad, pero sí ilumina cada situación con una esperanza distinta: la certeza de que el Señor Resucitado camina con nosotros y sostiene nuestra vida en sus manos.
En nuestra comunidad hemos vivido recientemente una experiencia marcada por esta luz pascual. Una de nuestras hermanas tuvo que afrontar una delicada intervención quirúrgica a causa de una enfermedad detectada hace algunos meses. Todo comenzó con incertidumbre, pruebas médicas y tiempos de espera que exigían paciencia y confianza. Poco a poco fueron abriéndose caminos providenciales, y aquello que parecía difícil comenzó a encontrar solución. La operación, que en principio parecía sencilla, se complicó inesperadamente y obligó a una segunda intervención de urgencia. Fueron horas especialmente intensas, vividas entre la preocupación y el abandono confiado en el Señor.
En esos momentos se hizo especialmente visible algo que tantas veces experimentamos en la vida de la Iglesia: la fuerza silenciosa de la oración compartida.
Familiares, amigos, hermanas de comunidad y muchas personas cercanas comenzaron a rezar con insistencia. Cada mensaje, cada llamada y cada oración sostenían espiritualmente una situación que humanamente resultaba frágil e incierta. Y poco a poco, en medio de la dificultad, fue abriéndose paso la recuperación. El organismo respondió favorablemente, las complicaciones pudieron superarse y finalmente nuestra hermana regresó a la comunidad para continuar su recuperación.
Ahora celebramos la fiesta de san Matías, el apóstol elegido para ocupar el lugar de Judas en el grupo de los Doce. A san Matías se le conoce popularmente como “el apóstol de la suerte”, quizá porque fue elegido “por sorteo”. Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que detrás de aquel gesto estaba la acción discreta de Dios y la oración de la comunidad apostólica.
También nosotras podríamos decir superficialmente que “hubo suerte” en todo este proceso: que apareció una plaza antes de lo esperado, que las complicaciones fueron detectadas a tiempo, que las intervenciones salieron bien. Sin embargo, la fe nos enseña a mirar más hondo. Más allá de las casualidades, descubrimos la presencia fiel del Señor actuando a través de tantas mediaciones humanas, profesionales sanitarios entregados y una inmensa cadena de oración que sostuvo cada momento.
La Pascua nos recuerda precisamente esto: que Dios sigue obrando en medio de la vida concreta, incluso en la enfermedad, el miedo y la incertidumbre. El Resucitado no elimina mágicamente nuestras cruces, pero sí las atraviesa con nosotros y las llena de su presencia.
Por eso damos gracias. Gracias por la vida recuperada, por el cuidado recibido, por la fraternidad vivida y por tantas personas que nos han acompañado con su cercanía y su oración. En la experiencia de fragilidad hemos podido reconocer también una experiencia de comunión y de esperanza.
Que san Matías nos ayude a confiar más en la providencia de Dios y a recordar que ninguna oración hecha con fe cae en el vacío. Y que este tiempo pascual siga renovando en todos nosotros la certeza de que Cristo vive y continúa realizando maravillas en medio de su pueblo.
Reflexión para compartir con todos vosotros/as la “obra” que el Señor hizo con nuestra hermana Sor Angelina.


