La liturgia de este domingo nos sitúa en la orilla del silencio. No en el silencio vacío, sino en ese silencio que es morada del encuentro, umbral donde Dios se hace presente no en el estruendo, sino en la brisa suave.
Tres escenas se despliegan ante nuestros ojos, como tres ventanas que se abren a una misma verdad: Dios se revela en la pequeñez, en lo frágil, en lo inesperado.
En la primera lectura el profeta Elías ha llegado al monte Horeb, el monte de Dios, después de una larga huida. Cansado, desanimado, escondido en una cueva. Y allí, en su desierto interior, le llega la Palabra: «Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor».
Elías espera. Y pasan ante él fenómenos grandiosos: un huracán que hiende las montañas, un terremoto, un fuego. Pero el Señor no está en ninguno de ellos. No está en lo espectacular, no está en lo ruidoso, no está en la fuerza que todo lo arrasa.
Después del fuego, «el susurro de una brisa suave». «Al oírlo, Elías cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva».
Esta puede ser la gran lección para nuestra vida contemplativa. Cuántas veces esperamos a Dios en el huracán de nuestros grandilocuentes proyectos, en el terremoto de nuestras ansiedades, en el fuego de nuestras urgencias apostólicas. Y Dios no está ahí. Dios no habita en el ruido de nuestro activismo, por más santo que sea. Dios se esconde en la brisa suave, en el silencio que no llena el oído pero que penetra el corazón.
La vida contemplativa dominicana está llamada a ser ese espacio de brisa suave en medio de un mundo ensordecido por mil voces. Contemplar es aprender a reconocer a Dios en lo que no impresiona, en lo que no atrae, en lo que pasa desapercibido.
Dando un pasito más nos encontramos con la segunda lectura que nos presenta a san Pablo en una de sus confesiones más conmovedoras: «Siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos».
Pablo está dispuesto a ser «anatema» —separado de Cristo— por amor a su pueblo. Su corazón, como el de Cristo, se parte por los que no reconocen al Salvador. No es un dolor estéril; es un dolor que engendra vida, que se convierte en ofrenda.
De igual modo la vocación contemplativa no nos aparta del dolor del mundo. Al contrario, nos introduce en su entraña. Como Pablo, estamos llamados a llevar en el corazón la tristeza por los que no conocen a Cristo, por los que se han alejado, por los que sufren. Pero no una tristeza desesperada, sino una tristeza que se convierte en intercesión, que se eleva en oración, que se ofrece en Eucaristía.
El dolor de Pablo es el dolor de quien ama hasta el extremo. Es el dolor de una maternidad espiritual. También cada uno nosotros estamos llamados a parir a Cristo en el mundo desde el claustro, desde la oración, desde la ofrenda de cada día.
Y llegamos de este modo al Evangelio. Jesús ha multiplicado los panes y, después de despedir a la multitud, «subió al monte a solas para orar». El monte, siempre el monte. El lugar del encuentro con el Padre. La soledad.
Mientras tanto, la barca de los discípulos es «sacudida por las olas, porque el viento era contrario». Están solos, a oscuras, en medio de la tormenta. Es la imagen de nuestra vida, de la Iglesia, de tantas noches en que todo parece perdido.
A la cuarta vigilia de la noche —la hora más oscura, la más desesperada— Jesús se acerca caminando sobre el mar. Los discípulos se asustan: «¡Es un fantasma!». No reconocen a su Señor. No esperan que Dios llegue de esa manera, tan inesperada, tan increíble. Y entonces Jesús dice: «Tened confianza, soy yo, no temáis».
Pedro, el impulsivo, el que siempre se atreve, dice: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas». Y Jesús responde: «Ven». Pedro camina sobre las aguas. Pero al sentir la fuerza del viento, tiene miedo, comienza a hundirse y grita: «¡Señor, sálvame!» Jesús lo sostiene y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?»
La fe no es ausencia de tormenta, sino presencia de Cristo en medio de ella. Pedro no se hundió porque la tormenta fuera fuerte; se hundió porque dejó de mirar a Jesús para mirar el viento. Nuestra vida consagrada ha de ser eso: un mantener la mirada fija en el Señor, incluso cuando las olas son altas y el viento es contrario. Si nos miramos a nosotros mismos, a nuestros éxitos o nuestras penas…. Naufragaremos.
En definitiva, este domingo nos invita a tres movimientos profundos:
1. salir de la cueva. Elías estaba escondido, temeroso, cansado. La Palabra le dice: «Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor». Nuestra vida de clausura no es una cueva donde escondernos del mundo, sino un monte donde encontrarnos con Dios para ser enviados. La verdadera soledad no es aislamiento, es encuentro.
2. reconocer la brisa suave. Dios no siempre llega con estruendo. A veces llega en la mañana tranquila, en la lectura pausada, en la hermana que pasa sin hacer ruido, en el silencio de la capilla. Aprender a discernir la voz de Dios en lo pequeño es el arte de la vida contemplativa.
3. caminar sobre las aguas. La fe es atreverse a salir de la barca, a confiar más en la Palabra que en las olas. Estamos llamados a ser audaces en la fe, a no tener miedo de las tormentas, a saber, que Cristo camina con nosotros incluso cuando no lo vemos.
Que santo Domingo, nuestro padre, nos enseñe a contemplar y a compartir el fruto de la contemplación.
Que María, estrella de la mañana, nos guíe en las noches oscuras.
Que el Señor, que se revela en la brisa suave y camina sobre las aguas, nos conceda la fe para reconocerlo y el valor para seguirle.
Fray Ismael González Rojas, OP
