Domingo de ramos

Conmemoramos aquel lejano día en el que los seguidores de Jesús  creyeron  ver cumplidas sus esperanzas mesiánicas y mientras soñaban con espectaculares triunfos cortaban ramos de olivo que  agitaban en torno a su maestro  cantando jubilosos Hosanna, bendito el que viene, Hosanna al Hijo de David, su euforia subía de tono al ver que a su paso se les iba sumando gente deseosa de salir de la monotonía y de ver cumplidas sus esperanzas, esperanzas arrastradas generación tras generación. Por fin iba a caer la dominación romana y se iba a instaurar el reino de Israel. Israel, el pueblo elegido, el predilecto de Yahvé se alzaría sobre todos los de la tierra. Y mientras avanzaba aquella sino grotesca, sí ingenua, manifestación el pueblo despertaba sorprendido ante aquel insólito alboroto.

Recordando al Profeta se decían unos a otros “Decid a la hija de Sion:
Mira a tu Rey, que viene a ti, humilde, montado en su asno». 

 Entre tanto el Maestro, que nunca quiso ser aclamado rey y “a pesar de su  condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios” desoye los gritos jubilosos con los que le vitorean pues conoce la  falsedad o cuanto menos la superficialidad del corazón humano pronto a cambiar un “bendito el que viene” por un “¡crucifícale!”  

Jesús no se vanagloria de los vítores sino que se siente como  Siervo de Yahvé, acorralado por una jauría de mastines. Los hosannas resultan ser la banda sonora sobre la que se van deslizando la película de su ya iniciada pasión. Jesús, sobre la engalanada burra reza y llora…

“Si ni enemigo me injuriase… pero eres tú mi amigo y confidente…” La suerte de Jesús estaba echada, Judas había firmado el contrato.. “¿cuánto me daréis si os lo entrego?” Treinta monedas fueron suficientes. Su amigo lo traicionó pero todos lo abandonarían poco después, es lo que dice la Escritura: “Heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas”                           

Al pequeño trote de la burra, ¡cuántas imágenes cruzarían por su angustiada mente¡

En otras ocasiones ya lo quisieron proclamar rey  pero no se trataba de una adhesión firme, ni de una fe convencida, ni de un querer seguir sus pasos sino sencillamente  de puro interés personal. Seguir a Jesús era comer hasta saciarse, sentirse curados y ver resucitados sus muertos.

¿Es también así de interesado nuestro seguimiento?

Por otra parte, en nuestra reflexión surge  un nuevo  protagonismo  que otorgamos  al pollino, un animal doméstico en peligro de extinción.

 Sin embargo de él tenemos algo que aprender

No olvidemos que la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, lo fue sobre la sencillez y la humidad de uno de estos animales.

No es el lujo, la ostentación  ni el triunfo lo que nos avala como mensajeros de Dios sino la sencillez, la misericordia, la bondad, la disponibilidad para el servicio como la del humilde borrico.

“Desatadlo el Señor lo necesita”. El Señor nos necesita  despojados de oropeles y baratijas, de ostentosas apariencias. Él mira al corazón y lo quiere como el suyo “manso y humilde” libre “desatadlo”. Deshagamos nudos, desatémonos de todo aquello que entorpece el seguimiento de Jesús, de todo aquello que oscurece el testimonio.

Con la fiesta de hoy entramos en la gran semana, la semana santa. Semana que tradicionalmente llevaba una fuerte carga de espiritualidad. Toda la actividad social estaba marcada por ella. Hoy  hablar de semana santa es hablar de vacaciones, de viajes y como mucho de turismo religioso. Hemos cambiado y lo hemos hecho para bien y para mal. Para bien si el folklore superficial, la sensiblería sin profundidad  religiosa dan paso a una devoción lúcida y sincera, que no está reñida con las manifestaciones conmovedoras que inundad nuestras calles pero sí  con la ostentación vana, vacía de sentido. Para mal porque la pérdida de valores religiosos, si son aumenticos no es una buena noticia.

Es preciso cribar y filtrar para quitar caretas y desvelar devociones que falsean, encubren y desprestigian las auténticas. 

Es preciso, es necesario pero no lo exijamos a la gente, comencemos por nosotras mismas, que cada una de nuestras celebraciones lo sea en espíritu y en verdad.

Sor Áurea Sanjuán, OP

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