«Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir».
Hay algo profundamente hermoso en que Jeremías utilice precisamente esta palabra para hablar de su relación con Dios. No dice solamente que Dios le llamó, sino que se dejó alcanzar por Él, como quien descubre que una Presencia ha entrado en su vida y ha tocado para siempre el lugar más íntimo del corazón. Pero aquella seducción no le ahorra el sufrimiento. El profeta conoce el cansancio, la incomprensión y la tentación de abandonar; y, sin embargo, cuando intenta callar, descubre que la Palabra de Dios arde dentro de él como un fuego que no puede apagar.
También Pedro tendrá que aprender que dejarse alcanzar por Cristo significa aceptar un camino que no siempre comprendemos. Acaba de confesar que Jesús es el Mesías, pero se rebela cuando escucha hablar de la cruz. Quiere al Señor, pero todavía quiere un Señor según sus propios sueños; quiere seguirle, pero quisiera ahorrarle el camino de Jerusalén. Por eso Jesús le hace comprender que no basta con reconocer quién es Él: hay que aprender a caminar detrás de Él.
«Si alguno quiere venir en pos de mí,
que se niegue a sí mismo,
tome su cruz y me siga».
No se trata de buscar el sufrimiento, sino de permanecer en el amor cuando amar cuesta. La cruz aparece allí donde dejamos de vivir desde nosotros mismos para confiar nuestra vida a Dios. Y quizá por eso la vocación cristiana sea, en el fondo, un largo aprendizaje de la entrega.
San Pablo lo expresa diciendo: «Ofreced vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios». Toda la existencia puede convertirse en ofrenda: el tiempo, el silencio, el trabajo, la oración, las alegrías y también esas noches interiores en las que parece que Dios guarda silencio. Para quien vive la vocación contemplativa, estas palabras poseen una resonancia especial: la vida escondida en Dios se convierte, día tras día, en una ofrenda silenciosa por la Iglesia y por el mundo.
Desde fuera puede parecer una vida hecha de renuncias; desde dentro del Evangelio es, sobre todo, una vida aprendida en la lógica del don. Porque no es lo mismo perder que entregar. Lo que se pierde deja un vacío; lo que se entrega por amor adquiere una fecundidad que ya no depende de nosotros. Nos supera.

Puede que esta sea una de las palabras que más necesita escuchar nuestro mundo: que no hemos sido creados para conservarnos, sino para entregarnos; que la vida no encuentra su plenitud cuando se encierra sobre sí misma, sino cuando descubre un Amor al que puede confiarse enteramente. Que no todo consiste en rentabilidad y productividad sino en generosidad.
«El que quiera salvar su vida, la perderá;
pero el que la pierda por mí, la encontrará».
Por eso hay vidas que permanecen escondidas y, sin embargo, sostienen silenciosamente al mundo. Vidas que no necesitan ser vistas para ser fecundas, porque han comprendido que Dios puede hacer germinar incluso aquello que nosotros nunca llegaremos a contemplar.
Tal vez toda vocación pueda resumirse en esas palabras de Jeremías: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir». Primero, Dios toca el corazón; después comienza el largo camino de aprender a confiar; y finalmente descubrimos que la respuesta más verdadera al Amor es entregarle la vida.
Vivir por y para…. hasta integrarnos en Él, en ese Dios-comunión que es el Amor
De este modo, cuando el corazón se deja seducir por Cristo, comprende poco a poco que ninguna vida entregada por amor se pierde. Lo que ponemos en sus manos puede atravesar la noche, puede pasar por la cruz y puede incluso parecer pequeño o estéril; pero en Dios nada de lo que se entrega con amor queda sin fruto.
Seguramente ahí se encuentre el secreto de toda existencia verdaderamente cristiana: dejarse seducir por Dios hasta aprender a vivir enteramente en sus manos. Y a partir de ahí poder gritar con san Pablo: ¡Ya no vivo yo es Cristo quien vive en mí!
