¿No hay que pensar en ser humildes?

Es sábado y Jesús acaba de curar a un enfermo. Mal pie para entrar en la sala del banquete al que ha sido invitado no por afecto o amistad, ni siquiera por compromiso, ha sido invitado para tener ocasión de espiarle de cerca y sobre todo para presumir. Jesús es ya persona notable, tenerlo entre los invitados es revestirse de prestigio. Además, es un maestro controvertido, lo que aumenta la expectación; ¿cómo se comportará?

Pero Jesús no tiene en cuenta la perversidad de estas intenciones, sino que se comporta con total normalidad, se limita a observar y observa al anfitrión y observa a los invitados. Para todos tiene algo que decir, aquello que les ayude a conocer y a acercarse a la dinámica de su mensaje. “Cuando des un banquete no invites aquellos que pueden devolverte con creces tu favor. No invites por ostentación y vanidad, mucho menos, cómo has hecho conmigo, para ponerles la zancadilla.  Invita con sencillez y con la más pura intención, aquella que es la única que justifica un banquete, la de fomentar la alegría la amistad y la fraternidad, todas las demás, incluso las más inocentes, cuanto menos, sobran.” 

Han pasado dos mil años y sigue habiendo gente que gusta de los primeros puestos, como si un sillón, unos capisayos o una mesa delante hicieran crecer sus auténticos valores. Jesús lo advierte: No busques el primer puesto puede salirte mal, buscas reconocimiento y quizá tengas que avergonzarte.

¿Conocemos algo más ridículo que una persona afectada de “humildad”?

 Sí, más ridícula resulta aquella que sufre el síndrome de la vanagloria. Son dos casos extremos con un denominador común y este es la “apariencia”, en uno la humildad es falsa y en el otro son falsos o fatuos, los “humos” del jactancioso.

Recuerda: “todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”.

Nos choca la exageración de las expresiones del Evangelio de hoy . 

¿Qué no puedo convidar a los míos, a mis familiares y a mis amigos? No es eso lo que pide Jesús, Seguirle no excluye lo normal, normal y bueno es compartir manjar y fiesta con los nuestros, pero “¿no hacen eso mismo los gentiles?”

Con ese modo de hablar tan contundente Jesús quiere marcar la diferencia. 

Ser cristiano tiene sus exigencias. No se trata de hacer cosas extrañas ni de ser bicho raro, hay que hacer lo ordinario, lo que es costumbre en nuestro entorno con tal de que sea bueno, pero hay que hacerlo de otra manera, sin segundas intenciones y menos si son perversas, como perversas fueron las de aquel fariseo al invitar a Jesús 

La idea central de este Evangelio es la humildad, esa virtud un tanto extraña en cuanto que para adquirirla no hay que hacer absolutamente nada.

Si quiero hacer algo para ser humilde lo más probable es que falsee la humildad.

No conseguiré ser humilde añadiendo cosas a mi comportamiento o mi manera de ser.

Hay que insistir, para ser  humilde no tengo que hacer absolutamente nada, ni siquiera pensar en ello. Seré humilde siendo lo que soy, aceptando cualidades, valores y también limitaciones con los que he sido dotado sabiendo que mi responsabilidad es mejorarlo.  

El humilde no se reviste de apariencias, sencillamente se muestra  tal como es.

No es humilde aquel que finge serlo como tampoco es grande aquel que se empeña en aparentarlo, en este sentido la humildad es la verdad.  

Así quien se cree sabio ni siquiera sabe lo ignorante que es, mientras que el auténtico sabio está seguro de su “no saber”.

Estas enseñanzas que siendo dirigidas al fariseo que ofrecía el banquete y a sus invitados, nos llegan también a nosotros.

Si quiero ser humilde no tengo más que vivir con sinceridad, nobleza y un rotundo no a la apariencia. 

Con estas cualidades en todos nuestros asuntos procederemos con humildad. No hará falta pensar en ella.

Sor Áurea Sanjuán, OP.

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