Hay preguntas que atraviesan los siglos porque nacen de una inquietud profundamente humana. La que un maestro de la Ley dirige a Jesús, sigue siendo actual:
“¿Cuál es el mandamiento más importante?”.
Vivimos rodeados de normas, obligaciones, opiniones y propuestas que reclaman nuestra atención. También en la vida de fe podemos perdernos entre muchas prácticas y expresiones religiosas. Por eso resulta tan iluminadora la respuesta de Jesús. No añade una nueva ley ni establece una lista más extensa. Va al centro de todo: amar a Dios y amar al prójimo. Ahí se encuentra el corazón del Evangelio.
Lo primero que llama la atención, es que Jesús une inseparablemente ambos amores. No habla de dos caminos distintos, sino de una única realidad contemplada desde dos perspectivas. El amor a Dios no puede quedar reducido a palabras, sentimientos o celebraciones. Necesita traducirse en gestos concretos de respeto, compasión, justicia y cercanía hacia las personas que encontramos cada día. Del mismo modo, el verdadero amor al prójimo no nace únicamente de la simpatía o de la buena educación, sino de reconocer que cada ser humano posee una dignidad que merece ser acogida y cuidada.
La primera lectura, concreta admirablemente esta enseñanza. Dios se pone de parte del extranjero, de la viuda, del huérfano y del pobre. Son figuras que representan a todos aquellos que cuentan con menos recursos para defenderse. El texto nos recuerda que la autenticidad de la fe se verifica especialmente en la manera de tratar a losdemás. No basta con proclamar principios elevados, si después permanecemos indiferentes ante el sufrimiento ajeno. En ocasiones, se ha interpretado la relación con Dios como una realidad separada de la vida cotidiana. Sin embargo, el mensaje de este domingo nos conduce en la dirección contraria. Dios no compite con el ser humano, ni el ser humano con Dios. Cuanto más nos acercamos al Dios revelado por Jesús, más capaces nos volvemos de comprender, valorar y amar a las personas. Y cuanto más nos abrimos sinceramente al bien de los demás, más profundamente entramos en la lógica misma de Dios. No existe oposición entre ambos amores; se reclaman mutuamente.
Quizá una de las mayores dificultades de nuestro tiempo sea la fragmentación. Vivimos divididos entre múltiples tareas, responsabilidades y preocupaciones. Con frecuencia, también nuestra vida interior aparece dispersa: pensamos una cosa, sentimos otra y hacemos una tercera. En medio de esta realidad, la respuesta de Jesús posee una extraordinaria fuerza unificadora. Nos recuerda que el centro de la existencia no está en acumular actividades, sino en aprender a amar.
Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, significa orientar toda la persona hacia aquello que da sentido a la vida. No se trata de un sentimiento pasajero ni de una obligación religiosa. Se trata de una forma de situarse ante la realidad. Quien vive desde el amor descubre una cierta armonía interior incluso en medio de las dificultades, porque sabe qué es lo esencial y qué es secundario.
Por eso Jesús no habla primero de creer más, saber más o hacer más. Habla de amar más. El amor es la síntesis que integra todo lo demás. La fe sin amor puede convertirse en ideología. La moral sin amor puede degenerar en rigidez. Incluso la práctica religiosa sin amor corre el riesgo de vaciarse de humanidad. El amor, en cambio, devuelve a cada cosa su verdadero lugar.
El prójimo no es una idea. El segundo mandamiento parece sencillo, pero probablemente sea el más exigente. Es fácil amar a la humanidad en abstracto; resulta más difícil amar a las personas concretas. El prójimo tiene nombre, rostro, carácter, límites y también defectos. A veces interrumpe nuestros planes, cuestiona nuestras seguridades o pone a prueba nuestra paciencia.

Jesús no habla de una humanidad ideal. Habla del prójimo que encontramos en el camino.
Jesús nos recuerda que toda la Ley y los Profetas dependen de esta doble y única llamada. Al final, lo esencial no será cuánto supimos, cuánto poseímos o cuánto destacamos, sino cuánto fuimos capaces de amar. Porque el amor es el lenguaje que mejor habla de Dios y el fruto más humano que puede producir la fe.
La calidad de nuestro amor a Dios se verifica precisamente ahí. Porque no amamos a Dios al margen de la vida, sino dentro de ella.
Quizá ahí se encuentre el criterio decisivo del Evangelio.Porque al final, Dios no nos pedirá cuentas de nuestros éxitos ni de nuestros reconocimientos. Nos preguntará por el amor que dimos, por la compasión que mostramos, por la esperanza que sembramos y por la humanidad que fuimos capaces de despertar en quienes caminaron junto a nosotros.
Y entonces comprenderemos que amar a Dios y amar al prójimo, nunca fueron dos mandamientos distintos, sino dos nombres de una misma vocación: aprender a vivirdesde el amor.
Sor Áurea Sanjuán, OP