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El sí que es no, el no que es sí”

Hoy salen a la palestra dos muchachos que son hermanos y su padre, un hombre cargado de años y de trabajo. Los muchachos, los dos, cada uno sostiene en su mano un pequeño cacharro que acapara toda su atención. El padre les grita: “¡muchachos venid conmigo a trabajar en la viña”; uno con mal talante y voz bronca responde: “yo no, ¡no quiero¡” el otro hermano, más complaciente, dice: “padre yo iré a trabajar contigo”. Pasado un rato, el que había contestado afirmativamente, no conseguía desprender su atención de aquello que estaba mirando y tocando con la mano y así pasó el tiempo, ignorando ir a trabajar. El otro, el que había dicho “no quiero ir”, recapacitó al saber que su padre anciano cargaba con todo y decidió ayudarlo, un poco a regañadientes, y como para acallar su conciencia, se levantó y fue a la viña.

La Palabra de este domingo nos habla de una realidad muy humana: la diferencia que existe entre lo que decimos y lo que hacemos. El Evangelio nos presenta a dos hijos. Uno responde a su padre: «No quiero», pero después se arrepiente y va a trabajar a la viña. El otro dice: «Sí, señor», pero finalmente no va. Jesús hace una pregunta sencilla: «¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?». La respuesta es evidente: el que hizo lo que el padre le pidió.

El Señor quiere llevarnos más allá de las apariencias. A menudo juzgamos a las personas por sus palabras, por su imagen o por la impresión que producen. Dios, en cambio, mira el corazón y, sobre todo, las obras que brotan de él.

Aquellos publicanos y pecadores que eran despreciados por los dirigentes religiosos habían dicho muchas veces «no» a Dios con su vida. Sin embargo, cuando escucharon la predicación de Juan Bautista y la llamada de Jesús, se dejaron tocar por la gracia y cambiaron de camino. Por eso el Señor afirma que ellos preceden a otros en el Reino. No porque fueran mejores, sino porque tuvieron la humildad de convertirse.

Este Evangelio nos invita a preguntarnos: ¿cuántas veces nosotros nos parecemos al segundo hijo? Venimos a la iglesia, rezamos, participamos en celebraciones y decimos que queremos seguir a Cristo. Pero después, en la vida cotidiana, quizá nos cuesta perdonar, servir, compartir o comprometernos con los más necesitados.

La fe no consiste solamente en profesar unas verdades o en pronunciar unas oraciones.

La fe auténtica transforma la vida

El cristiano está llamado a hacer visible el Evangelio en sus decisiones concretas. De poco sirve decir «Señor, te amo» si no amamos al hermano. De poco sirve decir «hágase tu voluntad» si después sólo buscamos que se haga la nuestra.

Sin embargo, el mensaje de hoy no es una condena, sino una invitación a la esperanza. El primer hijo nos recuerda que nunca es tarde para volver a Dios. Tal vez alguien lleva años sintiéndose lejos del Señor, pensando que ha desperdiciado demasiadas oportunidades. El Evangelio dice exactamente lo contrario: mientras haya capacidad de arrepentimiento, siempre hay camino de regreso.

Dios no se cansa de esperar nuestra respuesta. No nos encierra en nuestros errores pasados. Su misericordia es más grande que nuestras resistencias. Lo único que nos pide es un corazón sincero, capaz de reconocer sus faltas y dispuesto a volver a empezar.

La primera lectura del profeta Ezequiel nos recuerda precisamente esta verdad: el Señor se alegra cuando el pecador cambia de conducta y vuelve a la vida. Dios no disfruta señalando nuestras caídas; disfruta levantándonos. Y san Pablo, en la carta a los Filipenses, nos ofrece el modelo perfecto de obediencia: Jesucristo, humilde y obediente hasta la muerte en cruz. Él no sólo dijo «sí» al Padre; vivió ese «sí» hasta las últimas consecuencias.

Pidamos hoy al Señor la gracia de una fe coherente. Que nuestras palabras y nuestras obras caminen juntas. Que nuestro «sí» no se quede en los labios, sino que se haga servicio, entrega y amor. Y si alguna vez hemos dicho «no» al Señor con nuestro pecado o nuestra indiferencia, tengamos el valor de levantarnos y volver a la viña, porque allí nos sigue esperando.

                                                                     Sor Áurea Sanjuan Miró, op

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