Nuestra Señora de los Dolores 2026
Entre las posibilidades que nos da la liturgia de la Eucaristía de hoy, propongo para nuestra reflexión la primera lectura del tiempo ordinario con su correspondiente salmo responsorial y el Evangelio de san Juan. A mi entender, son una preciosa síntesis de lo que el amor del Padre ha inventado para tener a todos sus hijos junto a él en el banquete del Reino.
El salmo 99 es una invitación a vivir en acción de gracias porque “nuestro Dios es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad llega a todas las edades”.
Esta misericordia que se desborda desde el corazón de Dios hacia toda la creación, se hace más evidente en su plan salvífico.
Él ha querido que su Hijo único, Dios como él, se encarnara en el seno de María, la Virgen y, tomando la condición humana, por medio de su muerte en la cruz, nos condujera de nuevo al verdadero paraíso que es la vida trinitaria. No nos quiso espectadores de este gran misterio, sino unidos místicamente a su Hijo, formando un solo cuerpo con él, que es nuestra cabeza.
Dios, que eligió a María para ser Madre de su Hijo, quiso también que nosotros la tuviéramos por madre, de esta forma, no sólo es la que dio a luz a la Cabeza sino también al cuerpo místico de Cristo. Al pie de la cruz Jesús le propone a María, que en Juan reciba a todos como hijos; y allí ella reafirma el “hágase” que pronunció en la Anunciación. Desde ese momento, cada uno de los que Dios ha creado y llamado a ser sus hijos, estamos bajo el cuidado y la protección de María, la Madre de Dios y Madre nuestra.
Como en todo parto natural, en este también se dan el dolor y el gozo, el dolor de ver al Hijo que engendró en sus entrañas, padecer y morir por nuestra redención y el gozo de ser fiel hasta el final, de confiar plenamente en Dios, de permanecer junto a su Hijo cuando muchos de los más íntimos le han abandonado, de saber que muchos llegarán a la salvación porque uno, su Hijo, ha dado la vida por todos.
Dios al incorporarnos a su Hijo, nos da su mismo Espíritu y nos hace pasar por los mismos misterios que él pasó; es por eso, así como experimentamos alegrías y gozos, así no faltan en nuestros días: contradicciones, dolores, sufrimientos físicos o espirituales, propios o ajenos;
pidamos hoy a María que nos enseñe a gozarnos en la voluntad de Dios, aun cuando esta voluntad nos pida participar de la Cruz de su Hijo.
Que cuando nos llegue el sufrimiento, podamos permanecer de pie, creyendo, amando, esperando, ofreciendo… sabiendo que todo lo que vivamos unidos a Cristo es redención para nuestro mundo y para nosotros mismos y todos los que él ha asociado a nuestras vidas.
Sor María Luisa Navarro Ramos, op
