Con este Evangelio es preciso activar la alarma. Con frecuencia lo utilizamos como comodín para justificar nuestras salidas de tono y parece que el evangelista Mateo lo sabe. Ciertamente nos dice que hay que corregir al hermano, pero lo hace con tanto lujo de detalles, que nos da a entender que no es tarea fácil y que no puede tomarse a la ligera.

Lo primero a tener en cuenta es que el motivo de la corrección ha de ser objetivo buscando sinceramente el bien de aquel a quien se corrige. Ante el supuesto deber de una corrección preguntarnos si en el plano más relevante hemos colocado lo de “fraterna” o si se trata de un reproche que se nos escapa, por decirlo así, compulsivamente, si es algo que me cuesta hacer y por tanto le doy mil vueltas antes de abordarlo o si por lo contrario me libera de la molesta que me ocasiona la opinión o la actitud de la otra persona.
Es preciso comenzar por nosotros mismos.
¿Cómo están de limpios mis sentimientos y mi motivación?
¿Me impulsan el amor, la humildad y la búsqueda de reconciliación?
¿Corrijo o reprocho?
¿intento comenzar con un diálogo personal, sincero y discreto?
No se trata de señalar el error humillando al hermano ni de imponer la propia razón, sino de buscar la reconciliación y la comunión.
Pero escuchemos la Palabra de Jesús que nos va dictando los pasos a seguir en tan delicado asunto.
La primera enseñanza que aparece es la importancia del diálogo
La primera enseñanza que aparece
es la importancia
del diálogo personal.
Jesús propone acercarse primero al hermano a solas, sin convertir su falta en motivo de juicio público. Muchas heridas pueden sanarse cuando existe una conversación sincera, respetuosa y discreta. Antes de hablar de alguien, antes de cuchichear, el Evangelio nos invita a hablar, antes de condenar, nos llama a escuchar y comprender.
También se destaca el valor de la comunidad. Jesús no presenta la fe como un camino individualista, sino como una vida compartida en la que todos somos responsables unos de otros. Cuando una dificultad no se resuelve en privado, la comunidad puede ayudar a iluminar, acompañar y discernir. Sin embargo, esta intervención nunca debe nacer del rechazo, sino del deseo de cuidar la unidad y de ayudar a quien se ha apartado.
La promesa final de Jesús es profundamente consoladora: “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Esta frase nos recuerda que Cristo se hace presente cuando buscamos juntos la voluntad de Dios, cuando oramos unidos y cuando intentamos reconstruir los lazos rotos. Su presencia no depende de grandes multitudes, sino de corazones reunidos con fe y amor.
La finalidad de estas enseñanzas es construir relaciones más evangélicas, basadas en la verdad, la misericordia y la fraternidad.
Jesús nos invita a vivir la corrección fraterna desde el amor, la humildad y el deseo sincero de recuperar al hermano.
En definitiva, Jesús nos llama a construir relaciones más evangélicas, donde la verdad no destruya, sino que libere; donde la corrección no aleje, sino que acerque; y donde la oración común sea fuente de unidad.
La comunidad que vive así se convierte en signo visible del Reino.
Sor Áurea Sanjuan Miró, op

