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Una casa de oración para todos

Homilía del XX Domingo del Tiempo Ordinario

En nuestra vida hay oraciones que nacen de la abundancia y otras que nacen de la herida. Hoy la oración de la mujer cananea pertenece a estas últimas. No llega ante Jesús con grandes discursos ni con méritos que presentar. Llega con una necesidad, con una hija que sufre y con una confianza que se niega a desaparecer.

Ella grita: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David».

Tal vez no haya oración más sencilla, ni más verdadera. Y quizá tampoco haya oración que pueda representar mejor la vocación que vivimos los contemplativos: permanecer ante Dios llevando en el corazón el dolor de tantos que no saben cómo rezar o se han olvidado de que hay un Dios Misericordioso que acompaña nuestra vida.

La primera lectura nos ofrece una clave preciosa: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos». Para todos. Dios siempre es más grande que nuestras fronteras, más ancho que nuestros criterios, más misericordioso que nuestras exclusiones. Nosotros tendemos fácilmente a dividir el mundo entre los nuestros y los otros; Dios, en cambio, ensancha continuamente la casa.

Y entonces aparece aquella mujer cananea, precisamente una mujer que estaba fuera, que no pertenece al pueblo de la alianza. Como tantas personas en nuestro mundo…. y llega hasta Jesús y se atreve a pedir. Los discípulos quieren despedirla – quizá porque nos molestan los que nos gritan su dolor – pero Jesús guarda silencio. Ella, sin embargo, permanece.

Hay silencios de Dios que no son ausencia de Dios.

La cananea no comprende, pero confía. No recibe inmediatamente la respuesta que esperaba, pero no se marcha. Su fe atraviesa el silencio, la dificultad, la incomprensión y hasta aquellas palabras desconcertantes de Jesús. Y al final escucha algo inmenso: «Mujer, qué grande es tu fe». ¡Qué misterio tan hermoso! Aquella que parecía estar fuera termina mostrándonos el camino para entrar. La fe no consiste siempre en comprender a Dios. A veces consiste en seguir acercándose a Él cuando todavía no entendemos sus caminos. 

También san Pablo nos conduce hoy hasta el corazón de este misterio: «Dios ha encerrado a todos en la desobediencia para tener misericordia de todos». La última palabra de Dios no es frontera, sino misericordia. No es exclusión, sino acogida. No es distancia, sino abrazo.

Por eso estas lecturas tienen una resonancia especial para la vida contemplativa.

Un monasterio tiene muros, pero la oración no puede tenerlos. Una comunidad contemplativa puede vivir escondida a los ojos del mundo y, sin embargo, llevar al corazón de Cristo el mundo entero. La contemplativa entra en la oración con nombres concretos y, poco a poco, aprende a ensanchar el corazón: el enfermo, el que está solo, el que ha perdido la esperanza, el joven que busca, la familia herida, quien ha dejado de creer, quienes sufren la guerra y la injusticia, quienes no encuentran palabras para pedir. La oración contemplativa es intercesión universal de lo humano. Es aprender a decir ante Dios: «Señor, ten compasión», pero no solamente por nosotros mismos. Es decirlo por tantos que quizá nunca sabrán que alguien los ha llevado silenciosamente ante el Señor.

La cananea pedía por su hija. La Iglesia sigue necesitando hombres y mujeres que permanezcan ante Cristo llevando las heridas de sus hijos.

Quizá el mundo de hoy se parece mucho a aquella mujer: cansado, herido, necesitado, buscando una palabra de esperanza. Y quizá la misión de una comunidad contemplativa sea, en buena medida, permanecer junto a Jesús y no dejar de repetir, con humildad y perseverancia: «Señor, ten compasión». Porque el amor de Dios siempre desborda la mesa. Las migajas de su misericordia alcanzan allí donde nosotros ya no sabemos llegar. Su casa es más grande que nuestras fronteras. Su corazón no sabe decir «demasiado lejos».

Que nuestras comunidades sean así: casas pequeñas con una oración inmensa; lugares donde quepa el dolor del mundo; hogares de misericordia donde nadie quede definitivamente fuera.

Y que cada vez que una hermana entre en el silencio de la oración pueda llevar consigo un rostro, una historia, una herida, una esperanza. Que pueda depositarlo todo ante Cristo y permanecer. Porque mientras alguien siga orando, nadie está completamente solo. Mientras alguien siga diciendo «Señor, ten compasión de…», el mundo todavía puede esperar. La cananea como tantos hombres y mujeres de oración en forma de grito, mantienen vivo el pábilo de la esperanza porque se acercan, insisten y permanecen ante el Dios callado y oculto.

Quizá eso sea la fe: seguir acercándose a Cristo hasta que nuestra pequeña historia termine encontrándose con la historia inmensa de su misericordia.

Después, dejemos que sea Cristo quien diga la última palabra. Como entonces: «Mujer, qué grande es tu fe».

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