María es Madre y Maestra de la vida espiritual, es decir, de la vida según el Espíritu. De la vida de quien quiere que dejarse guiar por el Espíritu Santo en sus pensamientos, en sus decisiones y en sus actuaciones.
Hoy María nos tiene que enseñar a oír la invitación que Jesús nos hace en el Evangelio; a oír y a responder como ella lo hizo en la Anunciación y a lo largo de toda su existencia en esta tierra. Jesús nos dice: “venid a mí los que estáis cansados y agobiados”.
Cuando estamos cansados y agobiados física, psíquica o espiritualmente, nos resulta muy difícil emprender tareas y proyectos, o perseverar en ellos. Cualquier cosa, por más pequeña que sea, nos resulta algo superior a nuestras fuerzas. En estas ocasiones es muy bueno y saludable acudir a María, “vida dulzura y esperanza nuestra”, para que nos tome de la mano y nos lleve a Jesús que es el descanso de nuestra vida. Ella, que nos recibió al pie de la cruz como a hijos, intercede por cada uno en particular, se ocupa de cada uno, de ti, de mí y de todos. Ella hace como de cauce de la corriente de nuestras vidas, muchas veces llenas de cansancios y agobios, y nos conduce hacia el mar de la Misericordia que es el corazón de su Hijo. Y es, en ese corazón manso y humilde donde somos aceptados incondicionalmente, restaurados compasivamente, donde encontramos el verdadero descanso. Donde aprendemos a ser mansos, a dejarnos modelar por él; a ser humildes reconociendo la realidad de lo que somos, atisbando en la fe y en el amor quién es Dios y a ver las cosas como son en su realidad.
María es la madre que custodia y ayuda en el discipulado del que busca descanso, del que anhela llegar a tener los mismos sentimientos del corazón de Jesucristo. Madre que nos aconseja una y otra vez: “haced lo que él os diga”, lo que nos dice Jesús en el evangelio, lo que nos susurra el Espíritu en el oído del corazón.
¡Qué ella, la Virgen del Carmen, no nos suelte de su mano hasta que lleguemos a tener los mismos sentimientos de Cristo! ¡Hasta que nuestro corazón de piedra acepte ser transformado en un corazón de carne manso y humilde como el de Jesús, hasta que podamos decir: hágase en mí según tu palabra”, “en tus manos encomiendo mi espíritu”!
