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Serán mi especial tesoro

Moisés subió al monte, es decir, se apartó, se situó por encima del abrumador bullicio formado por los lamentos y protestas.  El pueblo está cansado, añora los ajos y las cebollas que quedaron en Egipto, cuando emprendió la aventura de conquistar su libertad. Moisés también está agotado, rendido y harto de escuchar sus quejas y gemidos. Por eso se adentra en la nube para refugiarse y reconfortarse en la conversación con su Dios. Es la escena que nos sugiere la primera lectura de este domingo (Éxodo 19, 2-) y que muestra una similitud y cierta conexión con el mensaje que hoy nos ofrece el Evangelio. Un mensaje que a su vez pone al descubierto la Bondad, la Misericordia y la pedagogía de nuestro Dios. Que sustituye el reproche, la riña, incluso el castigo por la comprensión, y el amor.  Expresados en este pasaje y esta traducción con encantadora ternura: 

“Seréis mi especial tesoro”

 De distinto modo, pero con los mismos sentimientos nos lo expresa el Evangelio:  

“al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas,
porque estaban extenuadas y abandonadas,
“como ovejas que no tienen pastor”.

Jesús no rechaza ni se aparta de gente marginada y sola que camina a la deriva sin guía y sin bastón. No se inhibe ni mira para otro lado. “Venid a mí los que estáis cansados y abatidos y yo os aliviaré” 

Jesús acoge y cuida.  Acoge a todos y todos han de ser acogidos. Todos caben, todos cabemos, en el cuenco de su amor. Todos y cada uno somos su especial tesoro.

Es lo que expresa su inquietud y su preocupación por aquellos que siendo suyos los siente desamparados y perdidos. 

Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son poco, rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

Rogar, pero no olvidemos aquello de “a Dios rogando y con el mazo dando”. Es lo que hace Jesús, reza, pide al Padre, pero se pone manos a la obra. 

Llama a sus doce discípulos y los llama uno a uno y por su nombre. En el grupo de Jesús nadie es anónimo y nadie es reconocido por su titulación académica ni por si título nobiliario ni por la cuantía de su cuenta corriente.

Tampoco por su físico ni por sus habilidades, ni por su coeficiente intelectual. Es el corazón lo que cuenta, su medida y su textura han de ser las adecuadas. Grande para que todos quepan, suave y tierno para que en él todos estén a gusto.


Un corazón así está fuera de nuestro alcance, pero lo que se nos pide es quedarnos como arcilla en sus manos, solo Él lo puede modelar. Y lo hace de tal modo que nos da toda posibilidad, todo poder, de hacer el bien.

“Les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia”. Como a los apóstoles, también a nosotros nos envía con las instrucciones de proclamar que ha llegado el reino de los cielos, anunciarlo haciendo el bien. Así es como seremos “su especial tesoro”                                 

Sor Áurea Sanjuan Miró, op

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