Comparto con ustedes una pequeña reflexión inspirada en las homilías de los domingos de Pascua en nuestro monasterio.
Nos podemos preguntar ¿por qué los discípulos de Jesús no le reconocieron cuando se apareció resucitado? Tal vez porque su presencia era diferente a la que ellos acostumbraban a ver, o por el déficit interior del corazón humano que afecta a la inteligencia y no le deja ver las realidades más profundas, la verdad de lo que ve.
Nos dice el evangelio que Juan “vio y creyó” (Jn 20,8), si bien San Agustín, afirma que Juan creyó a las palabras de las mujeres que decían que se habían llevado el cuerpo de Jesús, dado que la tumba estaba vacía, tal como ellas lo narraron; San Juan Crisóstomo, dice que el hecho de que estén los lienzos puestos aparte del sudario y doblados prolijamente, era para que entiendan que aquello no fue hecho atropelladamente y de prisa, “todo fue para que creyeran en la resurrección”. Juan es también el que le dice a Pedro en el mar de Tiberíades: “es el Señor” (Jn 21,7) Hay algo en este discípulo que lo hace diferente a los demás.

Tomás pide ver y tocar, no acierta a creer a los testigos, quiere comprobar personal y experiencialmente la realidad de la resurrección de Cristo. Jesús condesciende a su petición y hace brotar de su corazón un acto de fe. Los discípulos de Emaús necesitan de la explicación de las Escrituras y la partición del pan para que sus corazones ardan y sus ojos se den cuenta que el que acababa de marcharse era el Maestro, el que los acompañó en su camino. El primero y los segundos presentan algunos obstáculos que les impiden el acto de fe: ver y tocar, abandonar la comunidad que espera la promesa del Señor, dejarse ganar por la tristeza y la desesperanza…
Juan es el único que parece ver más allá de lo que se ve. Santo Tomás define la contemplación como la mirada simple, amorosa y directa a la verdad divina, “la simple intuición de la verdad” (II II c.180). Juan encarna al discípulo contemplativo que llega a intuir la presencia viva del Señor a través de los signos pobres que ve, que reconoce al Señor a lo lejos y por lo que obra. Se define así mismo como el discípulo amado; él es el que, tal vez de entre todos los discípulos, se ha abierto más para recibir el amor de Dios. Y es este amor derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, el que ordena todas las potencialidades de nuestra persona, e impulsándonos a practicar las virtudes, quita los obstáculos que nos impiden intuir la presencia del Dios vivo detrás de la humanidad de Jesús, de su Palabra, del Pan eucarístico, del hermano, de cada circunstancia gozosa o adversa por la que atravesamos.
¡Acojamos este Amor que Dios derramó en nuestros corazones el día de nuestro bautismo y el que día a día derrama en nuestras vidas y no seamos incrédulos sino creyentes; hombres y mujeres que, como Juan, ¡somos capaces de ver más allá de lo que se ve!
Sor María Luisa Navarro Ramos, OP
