Del lienzo al alma:El milagro de una mirada de Gracia que sostiene a un pueblo

La Santa Faz es un lienzo de lino que, según la tradición cristiana, es uno de los pliegues del velo con el que la mujer Verónica secó el rostro de Jesús de Nazaret camino del Calvario. En el tejido quedó impresa la “faz” (el rostro) de Cristo; es conocida como la famosa «Peregrina» y más allá de una reliquia, es el alma de una de las peregrinaciones más multitudinarias de España.

Cuenta la historia que llegó a Alicante en el siglo XV: un obispo la trajo desde Roma, y la regaló a un sacerdote de San Juan de Alicante, Mosén Pedro Mena, para que protegiera la zona de las fuertes sequías.

La fe alicantina encontró el hito que la marcaría para siempre el 17 de marzo de 1489; una jornada de rogativas donde el cielo y la tierra se fundieron en un acontecimiento inolvidable. En aquel instante de fervor, los fieles fueron testigos de un prodigio: del ojo derecho de la sagrada imagen brotaba una lágrima de agua viva. Este signo precedió a una lluvia torrencial que puso fin a la desesperante sequía de la huerta, convirtiéndose en el milagro que dio origen a la construcción del actual Monasterio de la Santa Faz, custodiado por la vida contemplativa.

La Santa Faz de Alicante es una de las tres únicas «faces» reconocidas por la tradición en Europa —junto con la de Roma y la de Jaén—, lo que convierte al Monasterio en un faro de espiritualidad de primer orden en el Mediterráneo, hoy baluarte de oración y memoria.

Nuestra mirada no se detiene en el dato histórico, sino que se adentra en el Misterio que ese lienzo custodia. En el silencio de nuestra oración, la liturgia nos invita a clamar: “Buscad mi rostro”. Y el corazón responde con docilidad: “Tu rostro buscaré, Señor”.

En este diálogo entre Dios y el alma se comprende el verdadero sentido de la Santa Faz: no somos nosotros quienes primero miramos a Cristo, sino que es Él quien fija su mirada en nosotros. Una mirada que no juzga, sino que levanta; que no hiere, sino que sana; que no se aparta del sufrimiento humano, sino que lo asume y lo transfigura en luz pascual.

La liturgia de este día, en el tiempo luminoso de la Pascua, nos sitúa precisamente ahí: ante el Rostro del Resucitado. No contemplamos solo al Cristo doliente del camino del Calvario, sino al Viviente que conserva en su Faz las huellas del amor llevado hasta el extremo. En ese Rostro herido y glorioso se revela la verdad más profunda de Dios: su misericordia permanece para siempre.

Actualmente, la festividad tiene lugar el jueves de la segunda semana de Pascua. En esta fecha, miles de alicantinos cumplen con el rito de «la Peregrina», y caminan desde la Concatedral de San Nicolás hasta el Monasterio recorriendo los ocho kilómetros que separan el centro de la ciudad del caserío de la Santa Faz, vistiendo el blusón típico y portando la tradicional caña con un trozo de romero.

Aquella lágrima de 1489 sigue brotando hoy en cada alma que busca consuelo. Pero la liturgia nos invita a dar un paso más: descubrir que también nosotros somos mirados, alcanzados y transformados por ese Rostro. Porque quien se deja encontrar por Cristo ya no vuelve a ser el mismo.

Peregrinar hacia el Monasterio es, en esencia, realizar ese viaje interior del que nos habla nuestra tradición dominicana: contemplar para dar lo contemplado. Es aprender a sostener la vida —con sus sequías y sus lluvias— desde la certeza de una Presencia que no falla.

Que el Rostro de nuestro Señor, impreso en el lienzo y en el corazón de Alicante, sea para todos nosotros el «áncora segura» que nos sostenga en las sequías del alma, recordándonos que su mirada es siempre un manantial de vida nueva.

Publicaciones Similares