Parece que nuestro mundo es el hábitat perfecto para quienes nos movemos entre tinieblas.
Un mundo poblado de ciegos.
¿Todos ciegos?
Parece que sí. Al menos eso es lo que deducimos cuando con el resto de visión que nos queda reflexionamos sobre el Evangelio de hoy.
Nació ciego pero demostró ser el mejor clarividente de su entorno. A su alrededor todos estaban ciegos.
Los discípulos sólo veían en él la sombra del pecado y estaban ciegos para la compasión y la misericordia. “¿quién pecó para que naciera ciego él o sus padres?
Los fariseos no supieron ver la gracia curativa que devolvió la vista a quien caminaba entre sombras. Sumidos en la oscuridad y la cerrazón, solo tenían ojos para ver que se quebrantaba la Ley y que el sábado era ninguneado. Estaban ciegos.
“Este hombre no viene de Dios”
Estaban ciegos los vecinos que no reconocían al que había recuperado la visión:
-“no es él, pero se le parece”
Estaban ciegos por el miedo sus propios padres:
-“Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego. Si ahora ve no sabemos por qué, preguntadle a él que ya es mayorcito”
Ciegos los judíos que rechazaron la evidencia. Insultaron al que había sido ciego y lo expulsaron de su iglesia.
El Mundo de aquel ciego de nacimiento era un mundo de ciegos, nuestro mundo ¿también lo es?.
Estamos ciegos cuando convencidos de conocer en tiempo real todo lo que sucede en el Universo, no advertimos cómo la masiva información nos sumerge en una desinformación que nos incapacita para distinguir la verdad de la mentira.
Estamos ciegos cuando nos tragamos que conseguiremos una sociedad paradisíaca a fuerza de bombas, y misiles, que matar al diferente nos traerá la paz.
La ceguera se convierte en una metáfora de la ausencia de empatía, comunicación y comprensión entre las personas.
Al perder la capacidad de percibir la realidad con claridad, corremos el riesgo de desorientarnos y perder nuestro rumbo como lo perdieron aquellos que rodeaban a aquel que había sido ciego de nacimiento.
Desde esta perspectiva el fragmento de hoy nos invita a reflexionar acerca de las consecuencias de esa ceguera que puede generar indiferencia y falta de empatía al dejar de ver y entender al otro, podemos caer en la incomunicación y el distanciamiento, la soledad y el vacío.
Es preciso esforzarse por comprender al otro, es preciso dejar que el barro y la saliva de Jesús limpie nuestra ceguera. Es preciso gritar: “Señor que vea”
Sor Áurea Sanjuán, OP
