Dos imágenes sencillas que, por habituales, por cotidianas en nuestro devenir, nos resultan tan familiares, tan normales, que perdemos de vista la profundidad que encierran. Una profundidad que tuvo hace 2000 años y que sigue teniendo hoy. Una profundidad que Jesús descubrió y reveló, pero que sigue oculta para nosotros, los seguidores del clarividente Maestro.

La sal es algo que en sí misma parece insignificante, pero que colocada en el lugar justo y en la medida adecuada, resulta imprescindible. Su ausencia o su exceso arruinarán un guiso elaborado con el mayor cuidado y los mejores ingredientes. En cambio, su presencia en la proporción debida, pasará desapercibida, pero potenciará su sabor y lo hará delicioso.

Una característica de la sal es que aislada y sola resulta inútil y baldía, no sirve para nada. Necesita de lo otro y de los otros. Necesita de los alimentos que ha de sazonar y necesita de la habilidad del cocinero. Necesita aquello que tiene que conservar o purificar que son otras dos de sus funciones.

La sal ha de conservar su cualidad de salar, si la pierde quedará inservible, perderá su razón de ser y solamente será válida para rellenar los baches del camino.

Por su parte la luz es imprescindible para iluminar toda tiniebla, sin ella se hace imposible o difícil realizar tareas en la oscuridad de la noche. La luz es esencial para iluminar, puesta en lo alto del monte alumbrará a toda la ciudad, puesta en lugar adecuado, iluminará a todos los de la casa, pero una luz excesiva, lejos de aportar claridad y visibilidad deslumbrará. También la luz necesita su proporción y necesita de aquello que ha fe iluminar, de lo contrario perderá su sentido y su razón de ser.

Ser sal y ser luz, dos sencillas parábolas con las que Jesús pone el broche que cierra su discurso de las bienaventuranzas.

Sal y luz, dos imágenes que en boca de Jesús descubren toda su profundidad. Con ellas nos invita a transformar todo nuestro entorno.

Nos llama a vivir nuestra Fe con equilibrio, autenticidad y coherencia; a iluminar y dar sabor a nuestra vida y a la de cuantos nos rodean, sin buscar sobresalir, pero también sin desaparecer en la indiferencia.

La luz es esencial para iluminar, pero si es excesiva deslumbra, pierde si finalidad.

La sal es indispensable, pero en exceso estropea el sabor que debía potenciar.

Jesús nos llama a vivir nuestra Fe con equilibrio y autenticidad.

Ser sal y ser luz, en ese equilibrio que lo hace posible. Ser sal y ser luz no es una tarea sencilla, sino un compromiso constante de ser testigo veraz con nuestra manera de vivir y relacionarnos.

Sor Áurea Sanjuán, OP

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