Hoy voy a contaros una anécdota, un hecho real sucedido en mi comunidad, uno de estos días navideños.
Mientras desayunábamos, irrumpió en el refectorio una hermana que entre alarmada y preocupada nos avisó:
– Tenemos “ocupas” en casa, están en el huerto, en el lavadero. No sé por dónde se han colado, pero no sé quieren marchar, no tienen a dónde ir.
Cómo podéis suponer se armó un pequeño revuelo: “no puede ser, se tienen que ir” Incluso se escuchó que habría que llamar a la policía.
Este relato viene a cuento por el evangelio que este segundo domingo de Navidad nos propone la liturgia. Se trata de un texto difícil de entender, pero que entre vocablos y frases oscuras se destaca una meridianamente clara.: “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” Aquella pareja de intrusos incluido el bebé, no tenían lugar en nuestro recinto monacal.
Todo se aclaró pronto. La hermana mensajera que había salido, regresó portando una maqueta de nuestro lavadero convertida en Belén. Allí, bajo ese cobertizo, se hallaban representados María, José y el Niño. “No había lugar para ellos”.
“Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”
Nuestros argumentos, de rechazo, cómo los de los posaderos y los habitantes de Belén, eran igualmente lícitos, prudentes y justificados; pero ocultan un riesgo: podemos estar cerrando las puertas al mismo Jesús
¿Hacen falta comentarios?
Sor Aurea Sanjuan Miró, OP
