Cantaré eternamente las misericordias del Señor

Mi nombre es Sor Fresia de la Santísima Trinidad Rojas Michea; soy de la Región de Atacama de una ciudad llamada Diego de Almagro, ubicada a unos 180 Km al norte de Copiapó. Pertenezco al Monasterio de la Inmaculada de Atacama, en Copiapó, Tercera Región, Chile.
Se me pidió que contara mi vocación. Pues bien, la primera vez que sentí el llamado de Dios fue más o menos a los siete años o más; no recuerdo bien. Solo sé que estaba viendo una revista y salió la imagen de una santa carmelita, que no recuerdo si era Santa Teresita del Niño Jesús o Santa Teresa de los Andes. Y mi papá dijo que era una monjita y que ellas se encerraban para estar solo con Dios, en el silencio, la soledad y oración. Yo me puse muy contenta y le dije que yo quería ser de esas monjitas, pero mi papá me dijo que esa vida era muy difícil y que había que tener buena salud. Y yo en aquella época era muy enfermiza.
Pero eso de ser toda de Dios, en el silencio, la soledad y oración se me quedó grabado en el corazón.
En mi casa no éramos católicos practicantes. Mi papá decía que éramos católicos, pero no participábamos en la iglesia; a pesar que mi papá cuando era chico fue sacristán del Padre Negro en la ciudad de Caldera. Este sacerdote tiene fama de santo y en estos momentos está introduciendo su causa en el Vaticano.
Mi papá se apartó de la Iglesia por cosas que a él no le parecieron. Así que, por eso, no nos acercábamos a la Iglesia. Entonces mi vida pasó como la de cualquier niño. Sin embargo, a los 18 años sentí como un hilo transparente, que me tiraba la iglesia, aunque no podía ir.
Sentía la presencia de Dios en la naturaleza
Me empecé a sentir muy contenta cuando pensaba en Dios. Comencé a mirar, contemplar las imágenes de la Última Cena, de la Virgen de Lourdes y de la Virgen del Carmen que tenía mi mamá en la casa; ella las había sacado de unos calendarios. También veía con detenimiento la película de Jesús de Nazareth, de Franco Zeffirelli, que la pasaban todos los años en la tele.
Después, mi hermano mayor me regaló una Biblia (que estaba bien deteriorada), que a su vez se la habían regalado a él. Así comencé a leer la Biblia y a conocer a Jesús, a Jesús de Nazaret, a su persona. Él me iluminó e iluminó mi vida y para mí fue como la noche y el día.
Conocer a Jesús fue conocer la luz, la felicidad, el amor
Después de insistir con mi papá, me dio permiso de ir a la iglesia y me sentí tan contenta de estar allí, en el templo, que, como el publicano de la parábola, no me sentía digna ni de alzar los ojos. Y era verdad. Me costaba mirar hacia adelante y hacia arriba; no me sentía digna de estar en la casa de Jesús.
Me inscribí para hacer la primera Comunión, pero como mi papá me había bautizado cuando era guagüita, o sea cuando era bebé, porque yo estaba en peligro de muerte, entonces mi papá me bautizó y como no tenía el crisma ni padrinos, entonces en la iglesia me dijeron que eso lo tenía que completar; y así se arregló esa situación. Hice la Primera Comunión, la confirmación y desde allí empecé a ver posibilidades de consagrarme a Jesús.
Yo sentía deseos de querer ser toda de Jesús, pero como contemplativa.
Y comencé a hacer algo al respecto. Hablé con mi párroco, pero a él lo trasladaron; después hablé con el nuevo párroco; él me ayudó a hacer una experiencia con las Carmelitas Descalzas de La Serena, que queda en la 4.ª Región. Pero me di cuenta que no era allí. O sea, no me sentía como contenta. Era todo bonito, pero sentía que no, eso no era.
Después mi párroco me trajo a este monasterio de la Inmaculada de Atacama, de las monjas Dominicas. Aquí hice la experiencia y me sentí feliz. La verdad que me sentí muy contenta, tranquila, plena. Entré como postulante los 23 años. Estuve toda la formación y pasaron muchas cosas y un año antes de hacer la profesión solemne tuve que salir. Estuve dos años trabajando en Santiago. Busqué dirección espiritual para saber qué es lo que quería Jesús en mi vida y encontré a un sacerdote jesuita que era rector de la Casa de formación de los jesuitas y él me empezó a ayudar, a discernir, a ver qué era lo que Jesús quería de mí.
Y así me di cuenta que mi vocación era la vida contemplativa
y volví a pedir el ingreso al monasterio de Copiapó.
Si era la voluntad de Dios, me recibirían. Se reunió la comunidad y me aceptaron de nuevo. Y comencé mi formación desde el principio nuevamente. Ahora ya llevo 17 años de consagrada. Estoy muy contenta con mi vocación, con todo lo que Jesús me ha dado.
Con el acompañamiento de María Santísima en mi camino, le doy gracias a Dios por mi papá, por mi mamá, por mis hermanos, por toda mi familia. También le doy gracias a Jesús por mi familia religiosa. Somos poquitas, pero comprometidas, luchadoras y queremos hacer la voluntad de Dios, a pesar de nuestra fragilidad, en medio de este desierto de Atacama que florece cuando llueve. Entonces nosotras también queremos florecer y ser testimonio de amor para la humanidad, para nuestro norte de Chile.
Y ahora me encuentro en una nueva etapa de mi vida en que estoy cuidando a mis papás. Ellos están ancianos y enfermos. Vengo al monasterio con mis hermanas, todos los fines de semana o semana por medio, depende cuando puedo y si están mis hermanos en la casa, estoy más tiempo, más días, 10 o 15 o menos, pero así estoy, así voy y vuelvo.
Estoy allá y aquí por gracia y la fuerza de Dios. Y espero ser testimonio del amor de Jesús en todo lugar y que todos conozcan y amen a Jesús. Y lo más importante, que se dejen amar por Él.
Eso es lo que siempre ha estado en mi corazón desde que conocí a Jesús. Y cuando empecé nuevamente la formación me quedó muy grabado. La parábola del vecino inoportuno que iba a pedir pan. Entonces eso de ser inoportuna también con la oración, porque nosotros pedimos no tanto para nosotras mismas, sino para el otro: pedimos el pan para el otro. Somos insistentes e insistente con el Amigo con mayúscula, para darle a nuestro amigo y hermanos, menores o iguales a nosotras.

