2 de febrero Presentación del Señor en el templo.

Jornada mundial de la vida consagrada.

El lema que se nos propone este año para la jornada mundial de vida consagrada es tremendamente significativo: “¿Para quién eres” Es una pregunta importante que habla de una relación y una finalidad. Pero, antes de preguntarnos para quién somos, hemos de preguntarnos quiénes somos y de dónde venimos.

Todos sabemos que el bautismo nos ha consagrado para el señor, nos ha sumergido en el mismo Hijo de Dios y Él ha entrado a morar en cada uno de nosotros, para, desde dentro: moviendo, atrayendo, iluminando la inteligencia, fortaleciendo la voluntad, sanando las heridas, ir actualizando en cada circunstancia nuestra realidad de consagrados a Dios. Si partimos de esta realidad que ha cambiado totalmente nuestra vida y nos ha convertido en miembros de la familia divina, tendríamos que responder a la pregunta: ¿ para quién eres?, con un decidido: ¡Soy para Dios! Pero, ¿lo somos de verdad como lo eran el Niño Jesús, María, José, Simeón, Ana y tantos otros en la historia que fueron dóciles al Espíritu  Santo?

 Personalmente tengo que reconocer que me identifico más con esos que están buscando al mensajero de la alianza y, en esperanza,  se regocijan porque está llegando. O, con los levitas, que aunque consagrados a las cosas de Dios, necesitan ser purificados cada día, por la presencia misteriosa que nos inhabita y que desde lo hondo del corazón nos va acrisolando como oro y plata para recibirnos como ofrenda y oblación.

 ¡ Somos de Dios por creación y redención! ¡Somos para Dios! Pero hemos de reconocer que no estamos del todo hechos, la vida en esa maravillosa y misteriosa combinación de gracia y libertad va proponiéndonos cada día ser más de Dios eligiendo el bien y la verdad en todas nuestras relaciones con los hermanos, con nosotros mismos, con toda la creación.

Hoy María y José presentan el Niño a Simeón, y a su vez Simeón lo presenta a Jesús niño como la Luz para alumbrar a las naciones. El que es la luz nos ha alumbrado en el bautismo, somos hijos de esta Luz que ha penetrado en nuestras vidas en el bautismo, venciendo a la oscuridad del pecado original, y que a partir de entonces no se desentiende de nuestras vidas, de nuestras alegrías y nuestros sufrimientos, de nuestros logros y fracasos de nuestras virtudes y nuestros pecados. Esta luz no quiere ser escondida entre los repliegues del espíritu, quiere penetrar todas los rincones del alma para ayudarnos a ordenar el corazón; quiere desbordarse a veces como una catarata, otras, como un manantial, o, como dice Isaías en una bellísima expresión, como rocío de luz.

¿Para quién eres? Desde nuestra historia, desde nuestra circunstancia, somos de Dios y para Dios, y desde él y con él, para nuestro prójimo que está cerca físicamente, con quien convivo. Y también para el prójimo que está en el corazón de Cristo y por lo tanto está cercano a mí porque está presente en él.

Pidamos en este día que María, José, Simeón y Ana intercedan ante el Señor para que podamos dejarle ser luz en nosotros. Luz que venza  la oscuridad de nuestros egoísmos y se derrame siendo: pensamiento constructivo, palabra iluminadora, obra caritativa o simplemente presencia que acompaña desde la oración y el silencio ¡ Que en este día y siempre, seamos luz!

Sor Mª Luisa Navarro

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