¿Cumplimos la ley o la quebrantamos, como con frecuencia vemos hacer a Jesús? Lo encontramos curando en sábado y dejando que el paralítico cargue su camilla y que sus discípulos arranquen espigas también en sábado y un largo etcétera que culmina con la frase: “No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre”. Esta afirmación hecha por Jesús, corroborada por su propio actuar, ensancha el corazón. Nos deja respirar un aire limpio y puro, hace disfrutar de una amplia sensación de libertad.
En cambio, hoy parece que pasa de hoja, da un volantazo y el cambio de dirección es radical. Si nos habíamos hecho la cuenta o incluso la ilusión, de que, en el seguimiento de Jesús “todo vale”, nos sentiremos defraudados y constreñidos al escuchar: “No he venido a abolir la ley, he venido a darle cumplimiento”. Entendemos que ha venido a ratificarla, a cumplirla y hacerla cumplir, lo entendemos así porque en otra ocasión parece que así lo ratifica: “Antes pasarán el cielo y la tierra, que un ápice o una letra de la Ley deje de cumplirse”
¿No es este el mismo discurso fundamentalista de los escribas y fariseos? Contemplado así, vuelve a resurgir el fanatismo legalista. de nuevo el hombre queda aprisionado por el sábado, encajonado por la Ley. No es esto lo que propone Jesús. Jesús, como buen judío, no viene a tirar por tierra las creencias de su pueblo, viene a poner las cosas en su sitio. Hay que cumplir la ley, pero como norma y cauce de vida, no puede ocupar el sitio de Dios, ni tan siquiera el del hombre.

Hay que cumplir la ley, pero ponerla como objetivo, centro y sentido del vivir, no es lo que hizo Jesús, ni lo quiere para sus seguidores.
Jesús no es un radical, cerrado a lo de “siempre se ha hecho así”. Jesús nos empuja hacia lo novedoso, hacia la novedad que él mismo nos trae y esa novedad incluye un respeto a la ley, pero con el cuidado de colocarla en el lugar que le corresponde, es decir, como andador que nos sostiene, como cauce, guía, medio y ayuda para el buen vivir.
Jesús no ha venido a abolir la ley, ha venido para darle plenitud para limpiarla de las adherencias negativas que ha ido adquiriendo con el tiempo, con la rutina y también, como parece que era el caso, con la ambición de poder y dominar de quienes tienen autoridad para hacerla cumplir.
Jesús ha venido a purificar la Torá y ha venido a enseñarnos que no es lo mismo optar por la ley, que optar por Él.
Hay una frase que lo clarifica:
«Si no sois mejores que los escribas y fariseos no entraréis en el Reino de los Cielos»
¿Se puede ser mejor que aquellos que cumplen a rajatabla los 613 mandamientos de la Ley?
Cuando se nos pide superar a escribas y fariseos es porque hay algo mejor que la obsesión y el esfuerzo por cumplir tantos preceptos.
Eso mejor es, hacer nuestros los sentimientos de Jesús.
Si nuestra justicia ha de ser mejor, lo será no por contabilizar preceptos, sino por atender a los criterios del Maestro.
Sor Áurea Sanjuán Miró, op
