Desde el silencio habitado de nuestro coro, donde el eco de los salmos aún resuena entre los muros del monasterio, nos unimos para celebrar la alegría más grande que el corazón humano puede albergar: Cristo ha resucitado.
La Pascua es el “gran regalo” que se prolonga, como si el tiempo no pudiera contener la magnitud del Misterio. En nuestra vida dominicana, la Palabra no solo se estudia, se rumia. Por eso, os invitamos a contemplar estos encuentros con Jesús que transformaron la historia.
En el huerto y el jardín Jesús se encuentra con María Magdalena y«le dice: «¡María!». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «¡Rabbuní!»» (Juan 20, 16)
El primer encuentro es el de la sed. María Magdalena busca un cuerpo muerto y se encuentra con la Vida. Conmueve pensar en este momento porque refleja las veces que buscamos a Dios en la nostalgia, en lo que «fue», y Él nos sale al paso por nuestro nombre.
Para María, el reconocimiento nace de la voz. No lo reconoce por la vista, sino cuando escucha su nombre pronunciado con el amor infinito del Maestro: el Resucitado no es un concepto teológico, sino Alguien que nos llama personalmente y nos dice: «No te detengas en el pasado, ve a mis hermanos». La alegría del encuentro se convierte inmediatamente en misión.
De los discípulos que van a Emaús por el camino de la desolación, dice el Evangelio «¿No estaba ardiendo nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lucas 24, 32)
¡Qué humanos son los discípulos de Emaús! Caminan de espaldas a la luz, rumiando su fracaso. Jesús se hace el encontradizo, camina a su paso, escucha sus quejas. Un lema de la Orden de Predicadores se basa en la Veritas (la Verdad), y aquí vemos a la Verdad misma explicando las Escrituras.
Jesús no les quita el dolor de golpe, sino que les abre el entendimiento. Es en la fracción del pan, en el gesto humilde de la hospitalidad, donde se les abren los ojos. Cuántas veces, en nuestras propias oscuridades, el Resucitado se nos presenta en el hermano o en el gesto cotidiano de partir el pan de la caridad.
En el Cenáculo con el miedo y la paz,«Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros»» (Juan 20, 19)
Los discípulos están encerrados por miedo. Sus puertas están trabadas, como a veces lo están las de nuestros corazones por el pecado o el desánimo. Jesús no necesita llaves; Él atraviesa nuestras intimidades.
Su regalo es la Paz; no una paz tranquila por falta de problemas, sino la paz que nace de saberse perdonado; muestra las llagas. El Resucitado no borra su sufrimiento, lo transfigura; sus heridas son ahora fuentes de luz. En nuestra oración de intercesión por el mundo, llevamos esas mismas llagas de la humanidad al altar, sabiendo que en Cristo ya han sido vencidas.
De Tomás ante la duda que toca la Gloria, dice el Evangelio «Trae tu dedo aquí y mira mis manos… No seas incrédulo, sino creyente» (Juan 20, 27)
Amamos la figura de Tomás porque representa nuestra fragilidad moderna. Él quiere pruebas. Y Jesús, en su infinita paciencia, vuelve solo por él.
La respuesta de Jesús es de una delicadeza extrema: permite que Tomás toque su costado. Es el encuentro entre la miseria humana y la Misericordia Divina. La confesión de fe de Tomás, «Señor mío y Dios mío», es la oración más bella que podemos repetir cada vez que nos postramos ante el Santísimo.
En el Mar de Galilea, desayunando en la Orilla, «Jesús les dice: «Venid a comer». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres?», pues sabían que era el Señor» (Juan 21, 12)
Tras la tensión de Jerusalén, Jesús vuelve a lo cotidiano: la pesca, la orilla del mar, el fuego de brasas. Después de una noche de fatiga estéril, Él aparece al amanecer.
Jesús reprocha a Pedro sus negaciones; simplemente le prepara el desayuno y le pregunta tres veces: «¿Me amas?». Es el triunfo del amor sobre la culpa. En el monasterio, nuestra vida es sencilla, hecha de trabajos humildes, pero este evangelio nos recuerda que el Señor está en las brasas del hogar, en el trabajo diario, esperando para saciar nuestra hambre de eternidad.

El tiempo de Pascua nos enseña que encontrarnos con el Resucitado, no es un evento del pasado. Él sigue caminando por nuestras calles, entrando en nuestras casas y llamándonos por nuestro nombre en el silencio del corazón.
Nuestra vida contemplativa quiere ser ese «eco» permanente de la Resurrección y quiere recordar que las puertas del cielo están abiertas.
Desde nuestra oración y nuestra alegría pascual, deseamos que Jesús nos conceda a todos la audacia de Magdalena, el fuego de los discípulos de Emaús, la paz de los apóstoles, la fe de Tomás y la entrega de Pedro.

