Todos sabemos que la liturgia hace presente, en nuestro hoy, los misterios que acontecieron hace muchísimos siglos en la historia.

Al celebrar la encarnación de la segunda Persona de la Santísima Trinidad en las entrañas virginales de María, hacemos memoria del más grande de los misterios. Hoy, como hace veintiún siglos, el Verbo de Dios sigue queriendo encarnarse en tu vida, en la mía y en la de todos aquellos que, como María, le abren espacio en su corazón creyendo, esperando y amando.

Es cierto que, por medio de María, el Verbo se unió a la naturaleza humana y se hizo hombre; pero también es verdad que cada uno de nosotros puede vivir este misterio dejando que Jesucristo se encarne en su propia vida.

Nuestro mundo, tan marcado por conflictos a nivel personal, social e internacional, necesita personas que, como la Virgen, le abran su mente y su corazón, y le permitan habitar en ellas, para que Él, a través de su vida, siga ofreciendo al mundo la posibilidad de salvación.

Podemos preguntarnos cómo permitir que el Verbo se encarne en nuestras vidas. La respuesta es sencilla de formular, pero exigente de vivir.

Se trata de tener la mente y el corazón de Cristo, para afrontar cada circunstancia de la vida cotidiana. De ser, como Santo Domingo de Guzmán, “varones y mujeres evangélicos”; es decir, personas que hacen vida el Evangelio.

Por ejemplo, cuando somos engañados o traicionados, ¿somos capaces de pedir la gracia del perdón para perdonar a quien nos ha ofendido? Tener la mente de Cristo es perdonar “setenta veces siete”. O cuando encontramos a alguien necesitado en nuestro camino, ¿lo ayudamos como el buen samaritano o pasamos de largo? Jesús nos enseña a compartir nuestro tiempo y nuestros bienes con quienes más lo necesitan.

Creer en el misterio de la encarnación del Verbo implica permitir que el Espíritu Santo forme a Cristo en nosotros, de modo que nuestra mente y nuestro corazón reaccionen como Él reaccionó en su vida terrena.

Si bien María tuvo la gracia única de haber sido creada inmaculada para acoger al Verbo, nosotros también contamos con una gran ayuda: su poderosa intercesión. Que ella nos acompañe y nos alcance la gracia de poder decir, como san Pablo: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”.

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