Jesús es precavido;  al enterarse de lo ocurrido a Juan, se hace consciente de su peligro y se marcha; en realidad huye. Se fue a Galilea intentando desaparecer del punto de mira de Herodes que también podría apresarle a él. Allí en Galilea, comienza su aventura.

Unos muchachos, enredados con la cotidiana tarea de limpiar y desenredar sus redes de pesca, un quehacer rutinario a la vez que entretenido y absorbente, escuchan una llamada inquietante, alguien ha pronunciado su nombre acompañado de un insinuante y a la vez imperativo “ven…” “¡Venid!” Y quedaron más atrapados que los peces en las redes que ellos estaban lavando.

¿Que estaba pasando? ¿Que tenía aquella llamada que así los seducía?

Inmediatamente dejaron las redes, dejaron la barca, dejaron a su padre… Dejaron todo, oficio, cosas, familia. Así nos lo cuenta el evangelista, nada sabemos de sus titubeos y vacilaciones si los hubo.

Mateo se preocupa de mostrarnos su disponibilidad a la invitación atractiva de Jesús. Jesús provoca, incita, seduce, no deja indiferente.

El Reino tan anunciado, tan esperado, tan ansiado ya está aquí. Jesús va a dar sentido a sus vidas, a curar sus dolencias, a liberarlos del mal.

Jesús, su mensaje, su vida, es la respuesta a las inquietudes cotidianas.

También nosotros somos llamados y la llamada nos pone a prueba. Enredados por la maraña de cosas y preocupaciones que se amontonan desordenando nuestras mentes y nuestro corazón. Jesús libera, Jesús sana. Jesús desenreda.

¿Y si escuchásemos la llamada de Jesús? ¿Y si nos dejásemos liberar y empapar por su paz?

Sor Áurea Sanjuan Miró, op

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