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Dentro de la Pascua – Semana 6 al 10 abril 2026

«Dios resucitó a Jesús librándolo de los dolores de la muerte»

En el lunes de la octava de Pascua de Resurrección meditamos, en primer lugar, acerca del contenido que se desprende de la alocución de san Pedro a la multitud el mismo día de Pentecostés.


En semejante acontecimiento coloca santo Tomás de Aquino el paso definitivo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Los once Apóstoles de Jesús, presididos por Pedro, forman un grupo de autoridad para explicar el fenómeno acaecido.

San Pedro, en nombre de todos, dirige a la multitud lo que puede llamarse la alocución con que se inicia la Iglesia naciente.

Aseguró con valentía que el llamativo comportamiento de sus compañeros no respondía a que estuvieran embriagados, sino que se hallaban fuera de sí por el cumplimiento de las profecías hechas a lo largo de los siglos respecto del Mesías.

Dios acreditó la identidad de Jesús de Nazaret por medio de muy variados signos. Sobre todo, se cumplió en él cuanto se refería a su entrega, juicio, muerte en la cruz y resurrección al tercer día.
No fue abandonado en el lugar de los muertos, su carne no experimentó la corrupción. Por el poder de Dios resucitó la humanidad de Jesús, y los Apóstoles fueron testigos del hecho, confirmados por el mismo Espíritu de Dios.

Jesús victorioso de la muerte ha sido quien ha derramado el Espíritu Santo sobre su Iglesia siendo, desde entonces, su propia alma, mientras que él ocupa el puesto de la cabeza y todos los bautizados so como miembros. El Espíritu Santo tiene la misión de vivificarla, es causa de su unidad, la mantiene viva y en desarrollo homogéneo incesante.

«Las mujeres corrieron a anunciar la resurrección a los discípulos»

Las mujeres que corrieron hacia el sepulcro de Jesús a primeras horas del domingo de la resurrección iban movidas por su fe en la promesa de Jesús: «Al tercer día resucitaré».
Les bastó comprobar que el sepulcro estaba vacío para conmoverse profundamente y llenarse de alegría. Para su creencia no hacía falta más.

Lo anterior, no obstante, mereció el mayor de los premios, porque Jesús mismo les salió al paso en su correr y así fortificó su certidumbre. El saludo consistió en un verdadero mandato: «Alegraos».

Lo reconocieron al momento y se postraron en adoración, abrazando los pies del que fue un cadáver pleno de los signos de haber sufrido lo indecible y ser traspasado por los clavos que lo ajustaron a la cruz.

Pero Jesús no era ya un muerto, sino una humanidad de cuerpo y alma glorificados, sin necesidad de zonas geográficas para cobijarse y fuente de gozo para los creyentes, como lo eran aquellas dichosas mujeres.

En sus mentes se grabó de manera indeleble la razón o recado que les encargó el Maestro: «Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». Las mensajeras cumplieron de muy buen grado con su misión.

Invita también el texto evangélico a considerar la diversa reacción de los «soldados» que custodiaban el sepulcro (Mateo 28, 8-15). Aunque recibieron una conmoción como nunca la habían sentido cuando el sepulcro quedó vacío, les faltó la acción libre de abrir sus puertas al misterio y don de la fe.

Comunicaron, por el contrario, sus temores a los sumos sacerdotes para que los libraran de algún posible enjuiciamiento, dando con alguna excusa más o menos creíble.
A la fe hay que estar expeditos desde la humildad y con el corazón en las manos de Dios.

FELIZ OCTAVA DE PASCUA 2026

Fr. Vito T. Gómez García, OP

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