Una soledad poblada de aullidos
Jesús, a punto de abrirse a la notoriedad saliendo del anonimato de Nazaret y comenzar a reclutar discípulos, siente el impulso del Espíritu, es preciso prepararse para la Misión.
Nada mejor que retirarse a la soledad y sumergirse en el silencio, allí donde no llega el bullicio, el ajetreo, el ir y venir de la plaza pública. Y Jesús se siente empujado al desierto donde encuentra esa soledad, pero poblada de aullidos que proceden del Maligno, son susurros que pretenden seducir, doblegar voluntades y sacarnos del camino recto. En un lugar así, en el desierto, Jesús ha pasado un tiempo, apartado de todo y de todos, solo con la compañía de su Padre Dios y las carencias propias de un sitio tan inhóspito. Al fin tuvo hambre. Tuvo hambre de pan, pero también necesidad de esas otras cosas que apetecemos los humanos y que el desierto nos niega. Por ahí se coló el diablo con sus astutas sugerencias.
La carencia y la vulnerabilidad son propicias a la tentación. Estás cansado, tienes hambre. ¡Eres hijo de Dios ¡¿A qué esperas? Di que estas piedras se conviertan en pan.
Date a conocer. Tienes una misión importante. Tírate desde el alero del templo y todos verán que te recogen los ángeles, todos sabrán que eres hijo de Dios.
Yo, el diablo, soy poderoso, todos los reinos de la tierra y toda su gloria me pertenecen. Pásate a mi bando, adórame y todo será tuyo.
Son las tentaciones de Jesús, son nuestras tentaciones.
La tentación que las resume todas, es la del placer con apariencia de bien.

La tentación es sutil, no vemos al diablo que nos la oferta. ni falta que nos hace, en nuestra propia identidad de hombre y de mujer la tenemos inscrita. Yo deseo el bien. El deseo escapa y trasciende mi limitación humana, es insaciable, infinito. No lo sería, ni deseo ni ilimitado si lo deseado se me presentara como mal, como maligno. Siempre deseamos el bien, es decir, lo que nos aparece como bueno. El bien que deseamos puede serlo solo en apariencia.
¿Quién no desea y necesita, saciar su propia hambre? El diablo ofrece a Jesús el saciarla, pero por medios que no entran en el plan de Dios. Parece bueno que Jesús haga un milagro, pero no es el momento ni serviría para la Misión. Un pan para mí sólo, saciaría mi necesidad, pero me dejaría insatisfecho. El egoísmo nunca hace feliz.
El diablo ofrece a Jesús, optar por el espectáculo. Es bueno que Jesús se manifieste y todos le conozcan, pero no es buena la parafernalia, al menos no es suficiente. A Jesús, al verdadero Jesús, no se le conoce por el hechizo de unos ángeles que le recogen en su caída. A Jesús se le conoce en las cosas tan sencillas como en el partir el pan, en el preparar el desayuno, unos peces asados, a los que han estado bregando toda la noche en las tareas de la pesca. Al Reino se le conoce por una diminuta semilla que crece y crece, por un banquete que llena de alegría y reúne a los amigos.
El diablo ofrece a Jesús algo que todos de una manera o de otra apetecemos, el poder y el ser. Comúnmente no deseamos dominar sobre los otros ni siquiera la riqueza, pero sí el poder, que más bien es la libertad de que nadie ni nada nos impida o entorpezca.
Obedecer a Dios, siempre nos llevará a hacer el bien. Obedecer al diablo nos precipitará por una pendiente de aparente brescar y libertad, pero que nos abocará a la total insatisfacción. Obedecer a Dios me llevará al amor, a la solidaridad, a la grata compañía y la seguridad que ofrece sentirse hermano de los hermanos, amigo de los amigos.
A cada una de estas tentaciones Jesús contesta con su profunda adhesión al Padre, con su absoluta fidelidad a la misión que tiene encomendada.
Las tentaciones de Jesús son las nuestras. Seguir a Jesús, es responder como Él respondió.
Sor Áurea Sanjuán, OP

