Los textos que nos brindan las lecturas que hoy se proclaman en la Misa nos invitan a considerar la dicha o felicidad del hombre y, a la vez, su mayor desdicha o desgracia.

La reina de Saba reconoce como dichosos a los siervos de Salomón que escuchan sus palabras de sabiduría; el salmista hace lo mismo respecto de los que viven en la casa del Señor. Con esto descubrimos la correspondencia entre estar en la presencia del rey, o de Dios, y la dicha que es efecto de esta cercanía.

Jesús, en el Evangelio, nos habla de lo que provoca la desdicha entre los hombres y hace infeliz al que la posee y la siembra a su alrededor. Todos en algún momento experimentamos las dos vivencias: la de la felicidad, que solo Dios puede dar, y la de haber dejado escapar del corazón algunas semillas de maldad. Nuestra esperanza está en que Jesús no ha venido para los justos solamente, sino fundamentalmente para los pecadores.

Dentro del corazón de cada uno de nosotros llevamos el sello de Dios, por creación y por redención. Esta es nuestra esperanza y este es también el camino que nos señala la Virgen de Lourdes, un camino que es don y tarea. Don, porque Dios está siempre sustentándonos en la vida para infundirnos la vida nueva de su gracia. Él, más que nosotros, quiere que aprendamos a quitar el barro del corazón, el barro de las impurezas, hasta llegar al lugar de la presencia del agua viva. Agua que es el mismo Cristo, que va purificando a medida que pasa, o mejor, a medida que le dejamos pasar. Esta Agua Viva nos enseña a vencer el mal a fuerza de bien.

¡Que la Virgen de Lourdes nos ayude a ejercitarnos en este sencillo y difícil ejercicio cada día, hasta que podamos decir: “no soy yo, es Cristo quien vive en mí”! Solo así el hombre puede ser feliz.

Que Ella, la Madre de Misericordia, bendiga, fortalezca y cure a todos los enfermos que se acogen a su protección y la invocan como MADRE, MADRE BUENA y MISERICORDIOSA.

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