
Con motivo de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada de 2026, fray Gerard Francisco P. Timoner III, OP, Maestro de la Orden de Predicadores, ha dirigido una carta pastoral a las prioras de los monasterios dominicos. El Maestro expresa su gratitud y respeto por el «sí» generoso de estas monjas, recordando que su cargo no es un rango de superioridad, sino un ministerio en el que deben actuar ante todo como una «hermana entre hermanas».
El documento profundiza en la paradoja del liderazgo en la vida contemplativa, definiendo a la priora como una servidora llamada a custodiar la vida fraterna y los pilares de la Orden: la oración, el estudio y la comunidad. Fray Gerard subraya la importancia de la promoción vocacional entendida no solo como la acogida de nuevas candidatas, sino como la renovación constante de la vocación de todas las monjas.
Finalmente, la carta ofrece herramientas prácticas para la convivencia, sugiriendo un método de escucha atenta diseñado para fortalecer la comunión y sanar malentendidos. El Maestro concluye exhortando a las prioras a imitar a santo Domingo, liderando no con poder, sino con la oración y la persuasión.
Carta a las prioras dominicas con motivo de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada 2026
Fiesta de la Presentación del Señor
Roma, 2 de febrero de 2026
Prot. n. 70/26/035
A las prioras de los monasterios dominicos
QUERIDAS HERMANAS:
Con alegría os saludo a vosotras y a todas las hermanas en este día en que la Iglesia celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. En este día de acción de gracias, reconocemos de nuevo la belleza de las vidas entregadas por completo a Dios por el Evangelio y la Iglesia.
Os escribo con profundo respeto por el cargo que ahora desempeñáis y con genuino afecto fraterno en el Señor y en santo Domingo. Soy consciente tanto de la responsabilidad como de la gracia que se os ha confiado como prioras de un monasterio dominico. Vuestro «sí» a esta llamada es en sí mismo un signo de amor generoso y de confianza en Dios.
El cargo de priora es de gran importancia para la vida de nuestras comunidades contemplativas. Por esta razón, la Comisión Internacional de Monjas de nuestra Orden ha propuesto la creación de un taller para las prioras de monasterios recientemente elegidas, similar al taller que se celebra en Santa Sabina para los nuevos priores provinciales. Espero que, con la ayuda de nuestro nuevo Promotor General, fray Cristóbal Torres, la próxima reunión de la Comisión Internacional apruebe este programa y discierna conjuntamente la mejor manera de llevarlo a cabo.
El cargo que habéis aceptado no es algo pequeño. Os exige no solo en el ámbito administrativo, sino también en el espiritual, personal y comunitario. Es un ministerio de presencia, de escucha atenta, de discernimiento paciente y, a menudo, de sacrificio silencioso y oculto. Vuestras hermanas os han confiado este servicio para que, en medio de ellas, podáis reflejar el camino de Jesús, que nos dice: «No he venido a ser servido, sino a servir» (Mateo 20, 28; Juan 13, 1-17). Sin embargo, también es un servicio rico en gracia: un lugar donde el amor fiel de Dios se encuentra con vuestra generosidad, y donde la caridad fraterna (sororal) se convierte en un testimonio vivo y luminoso del Evangelio.
Primero, una hermana entre hermanas
Como priora, sigues siendo ante todo una hermana entre hermanas; no eres una «abadesa», es decir, una «madre» por encima de la comunidad. Este cargo no es un rango que te eleva por encima de los demás, sino una llamada más profunda desde dentro de la comunidad, una llamada a «pastorear», a animar, a desafiar y a consolar. Se te ha confiado la tarea de fomentar la vida fraterna (sororal) común en su sentido más pleno y auténtico: no simplemente como horarios o estructuras compartidas, sino como una verdadera comunión arraigada en Cristo. Mantén tu puerta abierta, tu corazón atento y tus palabras moldeadas por la sabiduría y la misericordia.
Eres una «fiel servidora del monasterio» (LCM 195) y, al mismo tiempo, estás llamada a ejercer el liderazgo (LCM 68). Esta es la hermosa paradoja de tu ministerio: estás llamada a ser una líder-servidora. Vives esta paradoja sirviendo a la misión de la Orden y guiando a tus hermanas para que, juntas, puedan cumplir fielmente esa misma misión.
Promotora de vocaciones a la vida contemplativa dominicana
A menudo, cuando hablamos de promoción vocacional, pensamos principalmente en atraer nuevas vocaciones, es decir, en acoger a nuevas candidatas en la Orden. Sin embargo, al reflexionar, nos damos cuenta de que la promoción vocacional debe entenderse de manera más amplia. Abarca no solo las nuevas vocaciones, sino también la renovación y profundización continuas de la vocación de todos los profesos (ACG Bolonia [2016] n. 236). La verdadera promoción vocacional incluye tanto la acogida de nuevas hermanas como el continuo reavivamiento de la llamada de todos los dominicos a ser predicadores del Evangelio.
Por lo tanto, estáis llamadas a promover y nutrir la vocación dominicana de las hermanas confiadas a vuestro cuidado, salvaguardando y alimentando los pilares de nuestra vida: la oración, el estudio, la comunidad y la predicación. No se trata de ideales abstractos, sino de los «pilares» de la Orden de Predicadores. Aférrate a la Liturgia de las Horas, al silencio que dispone el corazón para Dios, a la sagrada disciplina del estudio y a la contemplación de la Palabra, no por sí misma, sino por la predicación. Anima a tus hermanas a vivir esta vida con profundidad, alegría y fidelidad, especialmente en los momentos en que la rutina se vuelve pesada o el fervor espiritual se siente seco.
«Permaneced en mí, como yo permanezco en vosotros» (Jn 15, 4). Este misterio de la permanencia se encuentra en el corazón mismo de vuestra vocación como monjas dominicas. La Iglesia os ha confiado un ministerio contemplativo y vivificante: el ministerio de la permanencia. En el silencio contemplativo del claustro, en la celebración fiel del Oficio Divino y en la contemplación de la Palabra, vivís cada día la verdad de la promesa de Cristo: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada».
La Iglesia es rica en carismas y ministerios, pero su verdadera fecundidad brota de la comunión con Cristo. Aquí vemos el corazón del carisma de santo Domingo, que deseaba que sus hijos e hijas hablaran siempre de Deo vel cum Deo, de Dios o con Dios. Como sarmientos unidos a la Vid, estáis llamadas a contemplar la Verdad que es Cristo, para que vuestra propia vida se convierta en una predicación contemplativa del Emmanuel, Dios con nosotros. Y así, incluso dentro del claustro, vuestra vocación es profundamente misionera: vuestra oración da fruto en la predicación de los frailes, en la enseñanza de las hermanas apostólicas, en el ministerio de las fraternidades sacerdotales, en el testimonio de los laicos y en la renovación del mundo.
Testimonio, escucha y esperanza
En un momento en que el mundo busca la verdad y tiene sed de sentido, vuestros monasterios están llamados a brillar como una lámpara puesta en lo alto de un monte. Como prioras, desempeñáis un papel fundamental en la configuración de este testimonio. Predicad con vuestra forma de escuchar. Enseñad con vuestra forma de vivir. Corregid con vuestra forma de amar. Haced que la comunidad confiada a vuestro cuidado sea conocida no solo por la claridad de su fe, sino también por la calidez de su caridad.
En este espíritu, os recomiendo un método de escucha atenta que ha demostrado ser fructífero en otros encuentros eclesiales. Espero que os sea útil para fomentar una comunión más profunda entre las hermanas mediante una comunicación más consciente e intencional. Este método está arraigado en el significado original de la obediencia: ob audire, «escuchar atentamente».
a. La priora o moderadora explica primero el sencillo procedimiento y presenta claramente el tema que se va a compartir (por ejemplo, un proyecto o un asunto que afecte a la comunidad).
b. A continuación, se da tiempo a cada hermana para que comparta sus pensamientos y reflexiones sobre el tema. Durante esta primera fase, las demás escuchan en silencio. No hay diálogo ni interacción, ni siquiera preguntas. Se trata de un tiempo sagrado de escucha, en el que cada hermana dispone del mismo tiempo para hablar (por ejemplo, no más de tres minutos).
c. Cuando todas han hablado, la comunidad observa un breve periodo de silencio.
d. Tras este silencio, la moderadora formula la pregunta: «¿Qué habéis aprendido de lo que habéis escuchado?». A continuación, se repite el paso (b). El objetivo de esta segunda ronda no es llegar a un acuerdo o consenso, sino profundizar en el entendimiento mutuo y el respeto por los pensamientos y experiencias de las demás. En esta fase, se invita a las hermanas a compartir no sus propias opiniones, sino el fruto que ha surgido de escucharse atentamente unas a otras.
La comunicación construye comunión. La verdadera comunicación comienza con una escucha atenta, una escucha que da espacio al otro, honra su experiencia y recibe sus palabras y es como un regalo. Las palabras pronunciadas con respeto y el silencio mantenido con amor crean lazos de confianza, sanan los malentendidos y abren los corazones a la reconciliación. De este modo, la comunicación se convierte en un camino hacia la comunión, una participación en la propia forma de relacionarse de Dios, donde la Palabra se pronuncia con amor y se recibe con fe, y donde muchos se hacen uno en Cristo.
En vuestra comunión con Cristo y entre vosotras, predicáis la esperanza. «Cristo entre nosotros, Cristo dentro de nosotros, Él es nuestra esperanza de gloria» (Colosenses 1:27). La esperanza se basa en la certeza de que Dios nunca nos abandona, ni siquiera en el sufrimiento y en la muerte. Es la seguridad de que Dios permanece con nosotros en los misterios de alegría, dolor, gloria y luz que dan forma a nuestras vidas. ¡O Spem miram es nuestro canto de esperanza! Dios es la maravillosa Esperanza predicada y prometida por Domingo, nuestro compañero constante en la santa labor de predicar la Palabra de Dios.
En el espíritu de Domingo
Dejad que santo Domingo os acompañe en esta tarea. Releed su vida. Orad con sus lágrimas. Imitad su celo por las almas y su confianza inquebrantable en Dios. Como él, no lideréis con el poder, sino con la oración y la persuasión, con alegría y paciencia. Sabemos que la predicación de Domingo no solo llevó a otros a la conversión a la verdadera fe; sus propias experiencias de encuentro y diálogo también lo transformaron profundamente a él. Recordamos cómo Domingo pasó toda una noche dialogando con un «posadero», un encuentro que resultó en la conversión del posadero. Sin embargo, este mismo acontecimiento también debió marcar profundamente al propio Domingo, influyendo en su decisión de dejar atrás una prometedora carrera eclesiástica como canónigo de la catedral de Osma y elegir, en cambio, ser conocido simplemente como «hermano Domingo» (Libellus, 21). En este sentido, supuso una especie de conversión en la propia vida de Domingo. La predicación, por tanto, transforma tanto al predicador como al oyente de la Palabra de Dios.
Hermana, ten valor. La labor suele estar oculta, las cargas no siempre se comprenden, pero nuestro Señor, amoroso y misericordioso, lo ve todo. Y a través de tu «sí», Él sigue construyendo su Iglesia.
Que la Santísima Virgen María, a quien Domingo amaba tan profundamente, y san José, protector de la Iglesia, intercedan por ti. Y que el Espíritu Santo te dé la luz y la fuerza para guiar a tus hermanas en la verdad y el amor.
Vuestro hermano en Cristo y Domingo,
fray Gerard Francisco P. Timoner III, OP Magister Ordinis
P.D.: Por favor, comparte esta carta con las hermanas de tu comunidad, para que puedan comprender mejor tu servicio, apoyarte en él y caminar contigo como su priora.
