Jesús ha curado enfermedades, ha cubierto necesidades, ha saciado el hambre y, ha reclutado discípulos. La gente se agolpa a su alrededor, ha encontrado en él el filón para su felicidad.

Pero la felicidad no está ahí donde todos pensamos. Las cosas no son como nosotros las valoramos. Jesús marca desde el principio las leyes del juego. La felicidad no está en la liberación de todos los males, en la ausencia de dificultades, en las riquezas sino en la bondad.

Ser buenos es lo que nos hará felices

Seremos buenos si adoptamos los criterios de Jesús, que no son como los nuestros sino justamente al revés. Nos lo muestra el sermón de la montaña, el de las Bienaventuranzas.

No es feliz el rico porque nada le falta sino porque es desprendido y comparte.

Es feliz el pobre no porque nada posee sino porque no se siente acorralado por las dificultades, porque sabe vivir el evangelio con confianza y libertad.

No es feliz el poderoso, el triunfador, el que arrolla sino aquel que en un mundo de competencia y violencia es bondadoso, paciente, generoso.

No es desgraciado el que llora si sus lágrimas tienen sentido. Es feliz el que gime por el mal que aflige al mundo, el que anhela una sociedad en la que el valor supremo sea el bien de todos y para todos.

Es dichoso no el que exige que le hagan justicia sino el que busca y se afana por un mundo digno y justo.

Es dichoso el misericordioso porque su corazón no es de piedra, porque ama y perdona, porque olvida la ofensa.

Es dichoso el pacífico no porque busca su egoísta tranquilidad sino porque lucha contra la discordia y la violencia y trabaja por la paz, por el bien.

Estos son los criterios de Jesús. Los criterios que conducen a una vida feliz.

Sor Áurea Sanjuan Miró, OP

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