La Iglesia en estos días nos presenta a grandes testigos de la fe, testigos muy distintos y, sin embargo, profundamente unidos por una misma pasión: el Evangelio. Pablo, alcanzado por Cristo en el camino; Timoteo y Tito, formados pacientemente en la fe; Tomás de Aquino, que buscó la verdad con todo su corazón; y Juan Bosco, que supo mirar a los jóvenes con los ojos de Dios. Aunque sus vidas fueron muy distintas, todos dejaron que Cristo transformará su corazón y lo anunciaron con su vida.
La vida contemplativa participa y sostiene la misión de la Iglesia. Desde el silencio y la oración, presentamos al Señor la esperanza de tantos jóvenes que anhelan sentido, verdad y amor, y aprendemos que la evangelización no nace de la prisa, sino de la escucha de Dios; no del ruido, sino de una Palabra acogida en lo hondo.

Contemplar es dejar que Cristo nos convierta cada día, como a Pablo,
y nos envíe, aun sin movernos, al corazón del mundo.
En la tradición de santo Domingo, sabemos que la verdad contemplada se convierte en don cuando se ofrece. Toda predicación nace primero en el corazón que ora. Por eso, nuestra vocación sigue siendo profundamente fecunda: contemplar y dar a los demás lo contemplado, para que Cristo sea conocido, amado y seguido por las nuevas generaciones.
