LA TENTACIÓN

Texto de referencia: Lucas 4, 1—13

 

Si alguien te ofreciese saciar todas tus hambres, colmar todas tus necesidades, todos tus deseos…

Si alguien te mostrase “todos los reinos del mundo” y añadiese: “Te daré el poder sobre todos ellos”…

Si alguien te prometiese que tu personalidad sería reconocida y tu prestigio no conocería límites…

Y todo ello a cambio de un pequeño gesto,

¿Podrías resistir a esas tentaciones?

Son las tentaciones con las que el diablo quiso arruinar a Jesús y a su misión.

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Parece que el texto de hoy nos queda lejos, que no nos atañe, que forma parte de una mitología cristiana y un lenguaje propio de su tiempo pero no del nuestro.

Sin embargo si lo traducimos según su sentido y espíritu descubriremos su actualidad, descubriremos que las tentaciones de Jesús fueron las de todo ser humano, por tanto las nuestras.

“… durante cuarenta días, el Espíritu fue llevando a Jesús por el desierto, mientras era tentado por el diablo.”

Esto es algo que no entendemos y es que el “desierto “es un concepto y una realidad ambivalentes que pueden despistarnos.

Por una parte es el espacio de paz, de sosiego, de oración, del encuentro con nosotros mismos. El lugar de esa soledad donde acontece la más íntima experiencia de Dios.

Por otra, es el lugar inhóspito de la desolación y de la hambruna, que propicia frustraciones, y las más temibles soledades. Es también el lugar de una equívoca huida del mundo.

Es lo que experimentó Jesús durante aquellos días de soledad y de ayuno. Por una parte se llenó del Espíritu Santo, se fortaleció en la oración, en el encuentro con su Padre Dios, por otra sintió la dificultad y la tentación.

Jesús no se escabulle de las situaciones y de los sentimientos humanos. Nos enseña cómo actuar y reaccionar en ellos.

 

Jesús en su desierto, sintió hambre. Fue la ocasión que aprovechó el tentador:

“Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan”

  Jesús supo reaccionar: “No sólo de pan vive el hombre”.

También nosotros en la tierra árida de nuestro corazón, en nuestros desiertos, sentimos hambre. Un hambre que no puede ser saciada por las ofertas que se anuncian como capaces de colmar nuestras carencias y precariedades. También nosotros debemos saber responder: “No sólo de esas cosas podemos vivir”.

También nosotros, como Jesús, sentimos la tentación cuando se nos muestra todo eso que nos deslumbra, los honores y la gloria, pero estos pertenecen al Mal. 

Dice el diablo:

“Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo”.

 ¿Somos capaces de renunciar a nuestros pequeños ídolos y como Jesús responder:

“Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto?”

Jesús como hombre que era sintió la misma tentación que nosotros, la tentación de la notoriedad y el prestigio, la tentación de salir del anonimato, de esa zona borrosa y gris donde nos sentimos ignorados y marginados.

 “Tírate desde el alero del templo y todos sabrán que eres hijo de Dios, porque tu pie no tropezará en la piedra”.

Es a la vez, la tentación del ostracismo o la acomodación, de los brazos caídos, “otros lo harán por mí”. Dice el diablo “encargará a sus ángeles que cuiden de ti”.

¿Sabremos resistir como Jesús? Replicar con Él:

“No tentarás al Señor tu Dios”

“Acabada toda tentación, el demonio se marchó hasta otra ocasión”.

 

Sor Áurea Sanjuán, op