“DE MODO QUE ASÍ, CON TODOS LOS SANTOS, LOGRÉIS ABARCAR

LO ANCHO, LO LARGO, LO ALTO Y LO PROFUNDO,

COMPRENDIENDO EL AMOR DE CRISTO,

QUE TRASCIENDE TODO CONOCIMIENTO” (Ef. 3, 18-19).

 

Todo lo que contiene el misterio de la redención humana y de la encarnación de Cristo es obra del amor.

“Se ha de saber que todo lo que contiene el misterio de la redención humana y de la encarnación de Cristo, todo es obra del amor. Porque si Cristo se encarnó, lo hizo por amor (Ef 2, 4): por el extremo amor con que nos amó. Etc.; si murió, también fue por amor; (Jn 15, 13): nadie puede tener mayor amor que Él da la vida por sus amigos, etc.; infra (Ef 5, 2): Jesucristo nos amó y se entregó a Dios por sus amigos, como oblación y víctima. Por ello, dice San Gregorio: “¡Oh, inestimable dilección del amor, para redimir al siervo, entregaste al Hijo!”. Por ello, conocer el amor de Cristo, es conocer todos los misterios de su encarnación y de nuestra redención, que son obra de la inmensa caridad de Dios, una caridad que supera toda inteligencia creada y toda ciencia, ya que es incomprensible para el pensamiento. Por eso dice san Pablo (v. 19): que supera todo conocimiento natural y toda inteligencia creada; (Flp 4, 7): Y que la paz de Dios supera todo sentimiento; “El amor de Jesucristo”, es decir, el que Dios nos ha mostrado por medio de Jesucristo; (II Cor 5, 19): Dios estaba en Cristo Jesús, reconciliando al mundo consigo” (Super Eph. III, Lect. 5, 1, 2).

Logréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento (vv. 18-19).

“Este pasaje puede explicarse también refiriéndose a la perfección de nuestra caridad, como si dijera: Sed fuertes, de modo que estando arraigados y cimentados en la caridad, podáis abarcar, no solo conocer, con todos los santos, que este don de la caridad es común a todos, no pudiendo nadie ser santo sin la caridad, como se dice más delante; “podáis”, es decir, abarcar cuál es la anchura, a saber, de la caridad, que se extiende incluso a los enemigos; (Sal 118, 96): Tu mandamiento es de extensión infinita; porque la caridad es amplia en su extensión (Sal 17, 20): el Señor me ha sacado y me ha puesto en la anchura. Su longitud puede reconocerse en su perseverancia, pues no se cansa; comienza aquí abajo y recibe su complemento en la gloria; (I Cor 13, 8): la caridad no tendrá fin; (Cant 8, 7): las aguas torrenciales no podrán apagar la caridad. Su sublimidad se ve en el movimiento que la lleva hacia las cosas celestiales, y hace que no se ame a Dios por las ventajas temporales, pues tal amor sería imperfecto, sino que se le ame solo por él mismo; (Jb 40, 5): levántate en lo alto, y busca la gloria. Su profundidad se
encuentra en su mismo origen. Porque si amamos a Dios, no lo hacemos nosotros mismos, sino por el Espíritu Santo, como dice (Rm 5, 5): el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, etc. Por tanto, el hecho de que alguien tenga caridad extendida en longitud, anchura, altura y profundidad, y alguien no, esto viene por el misterio tan profundo de la predestinación divina (Si 1, 2):
¿Quién ha medido la profundidad del abismo? Por tanto, todo esto es para que abarquéis, es decir, para alcanzar perfectamente con todos los santos, cuál es la anchura, para que vuestro amor se extienda hasta los enemigos; cuál es la longitud, para que no se debilite; cuál la sublimidad, para que se ame a Dios solo por él; y cuál es la profundidad, es decir, la de la predestinación, etc.” (Super Eph. III, Lect. 5, 1, 2).

En la pasión de Cristo encontramos las cuatro dimensiones de la caridad.
“Debemos darnos cuenta aquí de que Jesucristo, que tenía el poder de elegir el tipo de muerte que quería, ya que la sufrió por amor, prefirió la muerte de la cruz, donde encontramos las cuatro dimensiones que acabamos de mencionar. En primer lugar, la amplitud, en el travesaño al que estaban atadas las manos, porque nuestras obras deben extenderse, por la caridad, a nuestros enemigos; (Sal 17, 20): El Señor me ha tomado y me ha llevado a lo profundo. La longitud en la pieza de madera perpendicular en la que se extendía todo el cuerpo, porque la caridad debe ser perseverante, es la que sostiene y sana al hombre; (Mt 10, 22): Se salvará el que persevera hasta el fin. La altura, en la parte superior en la que se apoya la cabeza, porque nuestra esperanza debe elevarse a las cosas divinas y eternas; (I Cor 11, 3): la cabeza de todo hombre es Jesucristo. Por último, la profundidad, en la parte que está oculta en la tierra, y sostiene la cruz, sin ser vista, sin embargo, porque la profundidad del amor divino nos sostiene, y sin embargo no se ve, ya que la razón de la predestinación, como se ha dicho, sobrepasa nuestro entendimiento” (Super Eph. III, Lect. 5, 1, 2.).